Jaime IGLESIAS
MADRID
Elkarrizketa
JOSÉ C. VALES
GANADOR DEL PREMIO NADAL CON «CABARET BIARRITZ»

«Si no escribes para la gente, un libro se convierte en papel para reciclar»

Nacido en Zamora en 1965, José C. Vales, filólogo y traductor, se dio a conocer como autor en enero de este año al ganar el premio Nadal con su novela «Cabaret Biarritz», un juguete literario pleno de humor a medio camino entre el folletín, el policiaco y la crónica de sucesos donde evoca la energía desbordante de una ciudad en el punto álgido de su expansión: los locos años 20.

El zamorano José C. Vales obtuvo el premio Nadal por “Cabaret Biarritz”, novela en la que dibuja la Biarritz de los años 20.

En la medida en que la historia aparece condicionada por la fuerza del escenario en el que transcurre la acción, imagino que su elección fue deliberada. ¿Por qué Biarritz y esa época?

Una cosa lleva a la otra, quiero decir que el paisaje urbano suntuoso que presenta Biarritz conduce inevitablemente a los años 20, una época consagrada al hedonismo, al placer de vivir, al desenfreno, al vicio pero no de una manera gratuita, sino como reacción lógica al halo fúnebre que dejó tras de sí la I Guerra Mundial. De hecho, aquellas ansias de liberación y emancipación social no volverían a producirse hasta los años 60, dado que con la II Guerra Mundial se traspasaron todos los límites de barbarie y eso supuso una regresión moral de la que Europa tardó en recuperarse. Dentro de ese paradigma de liberación llama la atención, sobre todo, el caso de la mujer; las flappers de los años 20 se libraron del corsé y apostaron por un estilo de vida cuyo espíritu de rebeldía anticipó la revolución feminista de los 60. Biarritz, en este sentido, fue un escenario de transgresión y experimentación.

¿Cree que el Biarritz actual mantiene en su idiosincrasia algo de la efervescencia de aquellos años?

Ahora Biarritz está llena de surfers que, a su modo, también representan ese espíritu de rebeldía y esas ansias de libertad de las que siempre se nutrió la ciudad. Biarritz es un paisaje urbano y humano, y mi deseo es que esta novela invite al lector a recorrerlo, a sentirse parte de él.

A la hora de evocar ese paisaje, más allá de las sensaciones que le produjo su estancia en la ciudad, ¿fue preciso investigar, documentarse…?

Yo tengo una formación filológica y como tal me interesa mucho más el proceso de creación que la capacidad de invención, entre otras cosas porque tampoco creo en eso que llaman inspiración. Sé que hay escritores que funcionan así, que escriben lo que les sale; curiosamente, son aquellos a los que luego tiene que venir un crítico a explicarles lo que han creado (risas). En este caso, a la hora de crear esa base documental que me ayudase a escribir “Cabaret Biarritz” preferí acudir a testimonios gráficos más que literarios, porque no quería quedar condicionado por textos ajenos.

Quizá sea eso lo que confiere a la novela un aire de crónica periodística…

Puede ser. Igual también tiene que ver algo el hecho de que en mi juventud quise ser periodista, aunque finalmente por motivos económicos y familiares terminé en Salamanca estudiando filología, cosa de la que no me arrepiento para nada. El relato periodístico siempre parte de un compromiso con la verdad de los hechos y eso me interesa mucho, es como hacer historiografía del presente, de aquello que te rodea, por mucho que ciertas servidumbres hacia el poder político puedan llegar a afectar ese compromiso. Mientras los novelistas contamos lo que se nos ocurre, el periodista cuenta lo que ocurre. Hay otra cosa que me fascina del relato periodístico: la voluntad por establecer un vínculo de comunicación directo con el lector, que es algo que los literatos a menudo olvidan. Si no escribes para la gente, un libro se convierte en papel para reciclar. La literatura debe asumirse como un proceso de comunicación, ¡ya es hora de sacar a muchos autores de sus atalayas!

Esa vocación popular está muy presente también en la novela en sus flirteos con las técnicas del folletín decimonónico ¿es un género que le inspira?

Completamente, teniendo en cuenta que el folletín en su origen fue un género cuyo soporte literario fueron los periódicos y muchos de sus más afamados autores, como Dickens o Dumas, además de escritores eran periodistas y tenían muy en cuenta la respuesta del público ante determinadas tramas o personajes que, de no tener éxito, eran directamente eliminados. En la literatura del siglo XIX está el origen de la verdadera novela moderna. Luego todo se derrumbó ya entrado el siglo XX con el sicologismo, cuando los autores comienzan a lloriquear y a hacer gala de un egotismo que va mucho más allá del romanticismo, poniendo el yo por delante del nosotros, algo que a mí, personalmente, siempre me ha repugnado.

En esa construcción de un artefacto literario que seduzca al lector el humor es una herramienta muy importante que usted, en «Cabaret Biarritz», explota a conciencia…

El humor, por norma general, parece un demérito a la hora de añadir valor a cualquier ejercicio de creación artística. ¿Cuántas comedias, por ejemplo, han ganado un Óscar? A mí lo que me parece indigno es adoptar una pose de falsa intensidad buscando reconocimiento o prestigio. En la novelística del Reino Unido el humor es básico, basta con leer a Collins, a Dickens o Austen para darse cuenta hasta qué punto la diversión no está reñida con la seriedad. Es ese enfoque humorístico el que me interesaba explotar.

Entonces, ¿diría que «Cabaret Biarritz» tiene más de farsa o de parodia?

Más bien de farsa, porque la novela no participa de un humorismo cuyo fin sea la ridiculización de algo, más bien se sirve del humor para generar espacios de complicidad con el lector a la hora de ayudarle a reflexionar sobre lo que se le está contando y sobre cómo se le cuenta. Ya de entrada la propia presentación de la novela resulta una simulación de los estudios filológicos, con esa introducción y esas notas al pie que, pese a que algún lector las ha asumido como reales y como tal me ha dicho que ha prescindido de leerlas, forman parte del juego. Son otra novela dentro de la novela.

Con todo lo crítico que se muestra con el establishment literario ¿cómo ha encajado un premio como el Nadal que, de alguna manera, le lleva a formar parte del mismo?

No estoy tan seguro de formar parte del establishment. En cualquier caso, de haberlo previsto quizá me hubiera ahorrado calificar en su día a los críticos como «la leprosería literaria» (risas). No, ya en serio, la verdad es que fue mi editora la que me animó a presentar la novela al Nadal y, aunque al principio la idea me asustó, luego me hizo ilusión pensando, sobre todo, en las palabras de Eugenio Nadal cuando se instituyó este premio, en 1944, diciendo que su objetivo era despertar a autores dormidos. Un calificativo en el que me reconozco plenamente.