De amor
Todas las tramas de las series triunfantes en las pantallas televisivas que llevan producción estatal acaban siendo historias de amor. O desamor. En todos los manuales del buen guionista se recomienda introducir este elemento aglutinador de espectadores de manera horizontal que debe manifestarse gradualmente. Es decir, tiene que existir la llamada pulsión sexual entre los protagonistas, y en el desarrollo de la serie debe quedar manifestado el amor grande, incondicional, aunque tenga componentes de frustración o fracaso. Es la regla.
Pues en “Allí abajo” se está fraguando ese espacio narrativo de manera tan elemental y evidente como es toda la concepción, desarrollo, puesta en escena, interpretación y montaje de la serie. Sucede lo mismo en la serie de Telecinco que ha venido a competir minuto a minuto, “El príncipe”, esos maderos macizos, guapos, de calendario y esas nativas espléndidas deslumbrantes. Hay pulsión y hay amor interclasista, sin mirar en que el policía persiga al hermano de la amada. Son cosas tan clásicas que cuesta escribir de ellas de nuevo, pero viene a situarnos en la poca novedad de estas narraciones audiovisuales que se mueven en un formalismo copiado, pero sin investigar nada de sus contenidos y expresiones más comprometidas con los nuevos lenguajes.
Pero estamos en competencia, y las tesis políticas del gobierno sobre Ceuta y Melilla y el yihadismo vencen por poco a las chuminadas de vascos y andaluces, con inspiración de neutralidad española, y la serie de Antena 3 resiste bien, aunque perdiendo audiencia. Y más que perderá. La segunda entrega fue cansina, reiterativa, obvia. Pero se ve el amor del hijo a su amatxo, se intuye el de ese hijo a la enfermera, de la enfermera con el vasco idiota y así sucesivamente hasta la náusea final.

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