2015/04/27

Antonio Alvarez-Solís
Periodista
Y Europa será negra

Con centenares de muertos en las aguas del Mediterráneo, dice el autor, «Europa está recayendo en la vieja obscenidad del cerco a esos inmigrantes mediante el Muro de Agua y el bloqueo de Libia». A pesar de todo, quienes intentan llegar a costas europeas seguirán haciéndolo, «nadie podrá detenerles».

Europa ni siquiera habla de genocidio o de holocausto, denominaciones de sutil destino en la batalla de las palabras huecas. En Bruselas se hablará mucho del dinero que nos cuesta el África que antes destruimos hasta la raíz; de la cara fraternidad con que acogemos al náufrago

Cuando llega la gran hora en que la Historia decide cerrar entre confusiones y horrores la puerta vieja quizá el futuro necesario solo se revele nítidamente en el sueño y las palabras de los hombres honrados. Los teólogos denominan a este fenómeno como dimensión profética. Así ocurrió con Martin Luther King, pastor de la negritud, cuando refirió a la multitud que le acompañaba su sueño de igualdad al pie del monumento dedicado al espléndido y ahora olvidado Lincoln que habló en Gettysburg. Sueño hermoso de hermandad con la nación negra a la que el Gran Occidente ha traicionado una vez más frente al mundo. En África empezó la vida, en África la destruimos y puede ser que de África regrese resucitada esa vida primigenia.

Es necesario recordar y agavillar todos estos sueños de fraternidad, darles carnalidad, en un momento en que el Mediterráneo es ya un cruel camino de huesos por el que la negritud ha emprendido otra gran y paradojal marcha de vida hacia una Europa que le debe tantas veces su existencia y que ahora la abandona con una renuncia estremecedora a los valores más elementales. De este sueño de libertad quizá acabe por desprenderse un nuevo futuro europeo que recupere el alma de los hombres enteros de espíritu y del que quieren apartarnos los gobiernos europeos en nombre de leyes que están acuñadas con el mismo despotismo que contienen las monedas.

Ellos, esos hermanos que hablan el lenguaje justo y fatigado de la necesidad, seguirán llegando, a miles primero, por último a millones, igual que partieron de la tierra africana cuando hace muchos siglos, disueltos en la memoria, buscaron poblar el mundo para dotarle de humanidad. Nadie podrá detenerles.

Hay en esta bíblica marcha una luz que necesitamos todos. La raza blanca no ha sabido administrar la sabiduría que le fue entregada en abundancia y la ha agotado en contabilidades miserables. Degradó esa raza blanca la libertad, que era sustancia para todos, repartiéndola en porciones injustas; agotó la convivencia, que transformó en un servilismo escandaloso; arruinó la generosidad incluso para sí misma.

Ahora, simplemente, ha llegado el tiempo de abrir la carcomida puerta vieja. Y resulta que el mundo blanco, plagado de ídolos fríos, dice que carece de instrumentos para proceder pacíficamente a ese trabajo. Un trabajo que consistiría sencillamente en regresar lo suyo a los africanos para que entraran soberanamente en la vida internacional y dejaran de ser simplemente una maltratada materia prima. En vez de abordar la tragedia con solidaridad e inteligencia Europa está recayendo en la vieja obscenidad del cerco a esos inmigrantes mediante el Muro de Agua y el bloqueo de Libia.

I have a dream–«Yo tengo un sueño». Como lo tienen tantos y tantos que no poseen nada y que echan de menos solo algo tan sencillo como la convivencia, la gran raíz creadora de sociedad. Porque Occidente –el Occidente de la gran mayúscula– lo inventó todo menos la justicia, a la que envolvió con leyes contaminadas de una «moral» bárbara. Y con esas leyes hemos embalsamado una larga historia blanca que ahora se está devorando a sí misma. Demasiados ordenadores para un ser que precisa poco de ordenanza y sí mucho de proximidad. De ello escribió con sugestiva indignación René Dumont, el «loco» Dumont, el inolvidable ecologista francés que denunció con puntualidad irrebatible el clamoroso daño no solo físico sino moral –en ese mal hay que contabilizar la brutalidad de los fabricados dictadores africanos– que el imperialismo blanco ha hecho al África negra. Las andanzas de la raza blanca en tierras de la negritud es la historia de un inmenso e inacabable genocidio. Pero el sol vuelve a ser negro y el Mediterráneo cambia otra vez de héroes. ¿Hasta dónde quiere Occidente prolongar la esclavitud africana?

La respuesta a la tragedia escenifica una Europa que huye de todo verdadero pensamiento y propósito de hermandad. Bruselas recurre, una vez más, a levantar un muro de poderes y funcionarios serviles a esos poderes, con el que quiere contenerse lo incontenible, porque lo que llega es un espíritu inaprensible que se alza sobre los muertos para edificar la nueva vida mediante la fe en otro horizonte necesario. Reunión tras reunión la Europa de Bruselas no busca reedificar un África digna que fije a sus hijos sobre su suelo sino que trata de exprimir la muerte de la gran nación negra. Como ha sido constante no trata Europa de roturar dignamente la tierra africana y devolverle el sino escrito en sus grandes días sino de apropiar con prisa bárbara lo que encuentra al paso.

África es hoy el suelo rico que sostiene pobres absolutos, gente que hasta ayer moría quietamente, pero que ya no se resigna a su exterminio. Lo hermoso y aleccionador de esta fabulosa aventura hacia la libertad es que la gran marcha está armada con la sola arma del hermoso y elemental deseo de vida. ¿Puede ser eso discutible? Sus muertos denuncian con lengua clara y audible al gran Occidente que todos los días recoge en la bolsa el dividendo de mil formas distintas de opresión. ¿Y frente a eso qué mentido progreso pueden alegar los ejecutores que no sea cínico y criminal?

África no llega a Europa, arriesgando su sangre en el desierto y la mar, para cerrar un negocio sino para recordarnos sobre qué esta edificada esa riqueza disputada por los poderosos como si fuera la herencia abandonada de Dios. África delata también, con su honesta ética de la muerte, a quienes aquí, y teniendo en sus manos la posibilidad de la victoria, renuncian a ser pueblo para seguir siendo masa.

No esperemos otra cosa de Bruselas más que el fácil recurso de las operaciones de salvamento, convertidas en el primer paso camino del duro campo de concentración para unos y de la prometedora facturación para otros por el precario esfuerzo ahora emprendido. Europa ni siquiera habla de genocidio o de holocausto, denominaciones de sutil destino en la batalla de las palabras huecas.

En Bruselas se hablará mucho del dinero que nos cuesta el África que antes destruimos hasta la raíz; de la cara fraternidad con que acogemos al náufrago. Y alguien ingresará ese dinero del irrisorio salvamento en el retorno de siempre. Pero la Historia quizá haya decidido ya que dentro de cincuenta o cien años Europa será negra, como esas Vírgenes que de vez en cuando se encuentran sorprendentemente entre las nieves boreales. I have a dream.

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