Koldo LANDALUZE
DONOSTIA

«Tiburón», la película que cambió la industria del cine cumple 40 años

«Tiburón» fundamenta los principios de lo que debería ser un perfecto «ikus» y «entzun» gracias a la insinuación y tensión visual planificadas por Steven Spielberg y los sobrecogedores sonidos orquestados por John Williams. Cuarenta años después, la alquimia de este filme que marcó un hito se mantiene intacta.

En su primera propuesta “Duel: el diablo sobre ruedas” (1971) –un telefilme cuya calidad propició que fuera estrenada en las salas comerciales–, Steven Spielberg expuso las bases que cimentarían su futuro y apoteósico éxito. El futuro “Rey Midas de Hollywood” supo sacar todo el rédito posible a la insinuación y, sobre todo, a una pericia técnica fresca y dinámica que adquirió una dimensión novedosa en su segunda experiencia cinematográfica tras “Loca evasión”: “Tiburón”.

Basada en una novela de Peter Blenchey, la película se convirtió en la película más taquillera de todos los tiempos –cosechó 470 millones– hasta la irrupción de su amigo George Lucas y su flamante space opera, “Star Wars”.

Desde aquel 20 de junio de 1975 en que se estrenó el filme, las playas de todo el mundo se transformaron en un lugar inseguro para multitud de bañistas que, sacudidos por lo visto en la pantalla, jamás abandonaron la orilla de las playas amparados en la excusa del “por si acaso...” y oteaban el horizonte en busca de una siniestra aleta que nunca emergió de las profundidades marinas. La insinuación se convirtió en la pieza básica de una producción que parecía condenada al fracaso debido a los constantes fallos que sufría el tiburón eléctrico.

Spielberg hizo de aquellos males la principal virtud de una película donde los efectos especiales parecían ser la columna vertebral y aplicó los principios aprendidos tras años de haber devorado películas firmadas por sus idolatrados David Lean, Ford y Alfred Hitchcock. Tal y como señaló el propio autor «el problema mecánico del tiburón hizo que la película se pareciera menos a una cinta B de efectos especiales de Ray Harryhausen y más a una de suspense de Hitchcock».

En un alarde de genialidad, aquel joven cineasta delegó en el espectador el terror insinuado que provocaba la mera presencia de una aleta de juguete acompañada por la magistral banda sonora de John Williams y desde aquel día, sentimos todavía hoy un sobresalto cada vez que algo nos roza levemente en una pierna mientras nadamos plácidamente en un mar azul y luminoso que Spielberg transformó en escenario de pesadilla.

Hace 40 años, aquel precoz realizador autodidacta revolucionó la industria gracias a una fórmula alquímica que consistió en dar rienda suelta a su mirada personal y al mismo tiempo recuperar el éxito comercial que Hollywood no saboreaba desde los años 50.

La cinta fue definida por el periodista e historiador del cine Peter Biskind como «el caballo de Troya del Nuevo Hollywood»: dinamitó el privilegiado cine de autor e inició una nueva era en la industria fílmica, la de los blockbuster, y un patrón de negocio que todavía hoy se mantiene vigente, el estreno simultáneo en todas las grandes ciudades de Estados Unidos.

Mención especial merece el apartado interpretativo de la película, cargo de un Roy Scheider que reflejó como pocos el miedo en su rostro, la seguridad científica convulsionada del oceanógrafo encarnado por Richard Dreyfuss y un sobresaliente Robert Shaw que retomó el rol maldito legado por aquel capitán Acab enfermizamente obsesionado con Moby Dick.

Cabe señalar que los actores Robert Duvall y Charlton Heston fueron las primeras opciones para el papel de Brody. Lee Marvin y Sterling Hayden para interpretar al capitán Quint y Jeff Bridges para Matt Hooper, el biólogo marino.