Beñat Zaldua

Todo o nada para un proceso que vuelve a renacer de sus cenizas

El acuerdo entre CDC, ERC y las entidades soberanistas para formar una candidatura conjunta, pese a las críticas, las justas y las injustas, vuelve a poner en marcha el proceso independentista. Eso sí, nadie sabe si esta es la fórmula ganadora. Y en caso de serlo, falta concretar, mucho y bien, la hoja de ruta.

El acuerdo alcanzado por CDC, ERC y las entidades soberanistas para formar una candidatura unitaria para las elecciones del próximo 27 de setiembre tiene una virtud que destaca por encima del resto: rescata el proceso independentista de la marisma en la que había encallado y manda al último cajón todos los réquiems que muchos periodistas y analistas tenían (teníamos) a punto. La lista que encabezarán el exeurodiputado de ICV-EUiA Raül Romeva (en la fotografía de la página 5), la expresidenta de la ANC Carme Forcadell y la ahora también expresidenta de Òmnium Cultural Muriel Casals, y en la que el president, Artur Mas, ocupará la cuarta posición seguido del líder de ERC, Oriol Junqueras, convierte de nuevo en posible, con todas las dificultades, el proyecto independentista catalán. Se trata de una virtud que conviene tener en cuenta en todo momento a la hora de analizar las ventajas, las desventajas y las incógnitas del acuerdo, que no son pocas.

Por desgracia para la salud del debate público, la principal crítica escuchada estos días es que la candidatura conjunta es, en resumidas cuentas, la lista de Mas. Según esta versión, el president ha conseguido embaucar a la mayoría de independentistas para salvar su carrera política y perpetuarse en el poder. Es un argumento que se ha podido leer y escuchar en los últimos días en lugares tan dispares como el editorial de “El País”, en boca de los líderes de ICV-EUiA, en declaraciones de portavoces del PP y en la barra de algún que otro casal independentista.

Negar a estas alturas la habilidad política de Mas sería iluso. Casi tanto como tratar de negar que la fórmula con la que finalmente el soberanismo concurrirá el 27S se parece muchísimo al plan que el líder de Convergència propuso en la sonada conferencia del 25 de noviembre, después de la consulta del 9N.

Pero de ahí a asegurar que Mas ha hipnotizado a la mayoría del soberanismo hay un buen trecho. «¿Es que somos todos tontos o qué?», se preguntaba al respecto el comentarista político Eduard Voltas, resumiendo de forma precisa el sentir de numerosos simpatizantes republicanos y militantes de las entidades soberanistas que, sin que Mas sea santo de su devoción, se han alegrado por el acuerdo alcanzado.

Dicen algunos que se le regala la hegemonía a CDC, como si no fuera suya desde hace más de 40 años, incluidos los del Tripartit. Y como si el nacionalismo conservador no se hubiese movido hacia el independentismo precisamente para mantener dicha hegemonía. Y aún más: como si la independencia de Catalunya, a día de hoy, fuese posible sin la derecha catalana. El que así lo crea no está tan lejos de aquellos que confían en romper las cadenas del 78 a golpe de proceso constituyente español. No seré yo quien contradiga aquella máxima según la cual la lucha nacional y la lucha social son dos caras de la misma moneda. Por supuesto. Pero es muy difícil que una moneda lanzada al aire caiga de canto, dejando ver ambas caras. Así que toca priorizar.

Joan Manuel Tresserras, uno de los ideólogos de Esquerra, contrario a la lista conjunta después del 9N, defendía el acuerdo esta misma semana, explicando claramente la situación: «¿Todo podría haber ido mejor? Sin duda. Pero la realidad y las correlaciones de fuerzas son tozudas. (...) No insistamos más en lo que habría podido ser, ni en el dolor que cada uno arrastra. Ya lo harán los historiadores. Ahora toca aglutinar, ensanchar, votar y ganar». En efecto, la correlación de fuerzas es la que es. Y la habilidad negociadora de cada actor, también. Y Artur Mas, sabiendo que la convocatoria de elecciones el 27S está en su mano, tenía las de ganar. Pero no olvidemos la principal virtud del acuerdo, que es que salva el proceso.

En cualquier caso, estas críticas a la supuesta «lista de Mas» anticipan cuál será el principal argumento de las candidaturas antindependentistas el 27 de setiembre: atacar la lista conjunta por ser la candidatura oculta de Mas. Podemos ya dijo hace meses que en la campaña utilizaría el «odio a Mas» como munición electoral e ICV no ha tardado en cargar contra su exmilitante Romeva por haberse dejado seducir por los cantos de sirena del president. Estas dos formaciones, que concurrirán juntas con el nombre de “Catalunya sí que es pot”, son las únicas que aspiran a obtener un resultado digno el 27S, pues nadie espera nada de PP, PSC y Ciutadans, novedad en España pero viejo conocido en Catalunya.

De ahí el acierto de situar a alguien como Romeva a la cabeza de la lista, seguido de Forcadell (militante de ERC) y de Casals (proveniente del PSUC, cuya herencia está derrochando a manos llenas ICV). No es una lista de izquierdas, para nada, y la presencia de estos personajes no esconde que Mas volverá a ser president, pero desactiva el argumento según el cual el proceso no es si no la excusa que la derecha catalana está utilizando para mantenerse en el poder.

Es cierto que la presencia de la CUP en la lista conjunta habría aportado una mayor transversalidad, si bien, de igual manera, su candidatura paralela sirve para desactivar otro de los argumentos estrella del unionismo: el del proyecto secesionista como un todo cerrado, monolítico y excluyente. El que quiera votar independencia pero no quiera votar a Mas como president tendrá su opción.

Al fin y al cabo, se trata de maximizar el resultado y, a día de hoy, nadie es capaz de asegurar que una única lista obtendría mejores resultados que la opción de dos. Lo único que hay son encuestas que aseguran una cosa y encuestas que aseguran la contraria. Uno siempre puede encontrar encuestas que refuercen su posición, por lo que resulta inútil perder tiempo discutiendo sobre demoscopia. El acuerdo, mejor o peor, es el que es. Ahora toca fijarse el objetivo (aclarando de paso si el 27S se van a contar escaños o votos) y trabajar sin descanso.

Sobre la CUP, poco que añadir. Dejaron claro desde el principio que no concurrirían en una misma lista con Mas. Cada uno juzgará si es un acierto o no, pero desde el momento en que el president descartó la lista unitaria sin políticos se sabía que la CUP no estaría. Lo importante ahora es observar el papel que la esquerra independentista esté dispuesta a jugar tras las elecciones del 27 de setiembre, cuando sea pieza clave tanto para el proceso como, quizás, para la gobernabilidad.

La actitud de la «esquerra independentista» dependerá de la seriedad de la hoja de ruta que mañana presentarán en el Parlament CDC, ERC y las entidades soberanistas. Será la enésima hoja de ruta, es verdad, pero, sin una guía clara sobre los pasos a dar tras el 27S, la lista conjunta servirá para poco. A falta de conocer los detalles, desde ERC aseguran que es una hoja de ruta concreta y factible, que incluye, de ser necesaria, la ruptura de la legalidad española y que por eso han aceptado ahora participar en la lista conjunta que rechazaron a finales de año.

Más allá de la obviedad de que cada uno debe tratar de vender el acuerdo a su parroquia como mejor pueda, es cierto que la ruptura de Mas con la Unió de Josep Antoni Duran i Lleida ha allanado el camino y ha hecho más creíble el discurso independentista de los convergentes, suavizando levemente así las reticencias de Junqueras hacia Mas. La química entre ambos sigue sin ser la mejor pero, como escribía recientemente Agustí Colomines, no estamos hablando de amor, sino de política. Así que mientras el acuerdo incluya compromisos concretos en un calendario detallado, la entente entre CDC y ERC podrá ser duradera; también el apoyo de la CUP, que en citas cruciales como la consulta del 9N ya demostró ser capaz de estar a la altura de las circunstancias.

Resumiendo. Con sus errores, sus limitaciones y sus condicionantes, la lista conjunta ha conseguido darle la vuelta a la tortilla. Hace una semana nadie pensaba que un acuerdo como el firmado (que desde luego es mejor que un escenario en el que CDC y ERC se disputarían el mismo voto) sería posible. La perplejidad y el posterior enfado con el que ha sido encajado el golpe en Madrid dan buena cuenta de ello. A falta de conocer los detalles de la lista electoral y de la hoja de ruta, el acuerdo permite volver a poner en marcha el motor de la ilusión. Aquella sensación dominante en las últimas diadas y en la consulta del 9N, que decía que todo era posible, vuelve a asomar la cabeza.

El proceso sigue siendo un partido de ida y vuelta, y cabrá estar atentos al resultado de las elecciones españolas, que pueden traer como efecto colateral la oferta para Catalunya que Duran i Lleida y el PSC llevan cuatro años reclamando. Entonces, y solo entonces, llegará la hora de la verdad. Pero para llegar hasta ahí, antes toca ganar el 27 de setiembre, y hacerlo con contundencia, lo cual todavía no está claro. Faltan exactamente diez semanas para conseguirlo.