La otra cara de las fiestas
En su apariencia todo es alegría, música, baile, buen comer y beber, conocer nuevas gentes alejarse del ritmo desenfrenado y monótono del trabajo. La celebración de los frutos obtenidos. Sin embargo, tras las mañanas de camisas limpias y mesas repletas están quienes las hacen posible y también quienes las sufren.
Hay quienes venden por las calles mientras otros pasean sus miserias. Quienes se refugian en las borracheras financiadas con dinero público exhibidas en patéticos paseíllos tras la celebración de la fiesta nacional de los toros. Incluso quienes protagonizan a lo largo de la noche lamentables reyertas, agreden a mujeres y sacan de dentro, por un camino equivocado, las frustraciones de vidas alienantes y no elegidas. Hay quienes son explotadas como parte del ritual no declarado de las fiestas, quienes son elegidas para limpiar, cocinar, servir y hacer toda suerte de trabajos mal pagados y en condiciones de neoesclavismo imprescindibles para hacer posible la fiesta. Algunos tratamos de disfrutar sanamente en medio de adultos intoxicados y adolescentes intoxicándose, iniciándose en el ritual de una sociedad que abusa y se engancha a todo lo que presuntamente mata la insatisfacción, la impotencia o la ansiedad.
Hay quienes tratamos de hacer compatible la fiesta con la reivindicación y aprovechamos la misma para hacer presentes a quienes no están entre nosotros por ser víctimas de la exclusión o de la represión política, quienes cuestionamos el actual modelo festivo que se reproduce no por imperativo de la costumbre, sino por inercias e intereses creados. Pero lo más evidente y por ello menos visible es que hay quienes hacen el agosto mercantilizando nuestro recreo y se forran convirtiendo la diversión en un gran banquete solo apto para bolsillos privilegiados, donde la gestión clasista, sexista y racista del ocio no deja tregua a miles de personas que a lo largo de cientos de fiestas son la cara oculta que las hace posible o que sufren sus nada despreciables efectos nocivos.

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