La guerra entre los singles y los padres de familia

La comedia necesita un largo aprendizaje, y el argentino Ariel Winograd ha ido descubriendo sus secretos película a película, hasta llegar a este cuarto largometraje que le ha valido el éxito de crítica y público en su país. Baste decir que en sus anteriores “Cara de queso” (2006), “Mi primera boda” (2011) y “Vino para robar” (2013), uno no se reía tanto como en la mucho más divertida “Sin hijos”. Diríase que por fin ha sabido recoger las enseñanzas de su reverenciado Billy Wilder, acertando a conjuntar la comicidad con el toque justo de sátira social.
Y de crítica hay mucho en el trasfondo de la película, porque ilustra muy bien la caricatura de la actual guerra entre los singles y los padres de familia por conquistar el espacio público. La escena del restaurante en que Maribel Verdú se queja de que en el local admitan a menores que molestan a los adultos, sitúa a su personaje de heredera de Herodes en el perfil justo de quienes piensan, habida cuenta del progresivo descenso de la natalidad, que las parejas con hijos no deben de seguir teniendo más derechos que los que no tienen pareja fija y tampoco quieren descendencia. Es como si no les bastara con gozar de una mayor libertad, y se sintieran amenazados por el modelo familiar tradicional.
Este tipo de conflictos que mueven al debate, en lo personal no dejan de manifestarse rozando el ridículo, con un punto sonrojante que Winograd consigue poner al descubierto para que el público se vea reflejado en el espejo cómico de nuestras vergüenzas. La genuina comedia de enredo se dispara con cada una de las situaciones en las que Diego Peretti, heredero de una vieja tienda de instrumentos musicales, oculta su condición de padre divorciado con una hija a su cargo. La expresiva niña Guadalupe Manent no está dispuesta a ser desplazada como reina de la casa, así que se posiciona como rival de ese antiguo amor de juventud que ha regresado a la vida de su padre.
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