Mikel INSAUSTI
CRÍTICA «Amar, beber y cantar»

Tres parejas maduras en busca de la felicidad

Como muchos otros cineastas veteranos, Alain Resnais siguió haciendo cine hasta el final, por lo que la muerte le sobrevino a los 91 años con una película más en su haber, sin pensar que ésa fuera a ser necesariamente su obra póstuma. No quiso despedirse con una creación suma, sino que muy por el contrario “Amar, beber y cantar” podría ser su película más sencilla, ya que no pasa del simple juego escénico realizado a modo de divertimento particular. En consecuencia, no tiene mucho sentido que en la Berlinale le concedieran el premio Alfred Bauer, que se suele otorgar a las películas que abren nuevos caminos expresivos, y Resnais ha experimentado más y mejor con el lenguaje cinematográfico en cualquiera de sus anteriores trabajos.

Resnais adapta por tercera vez al dramaturgo inglés Alan Ayckbourn, pero con la puesta en escena más minimalista que podía esperarse. Aun así, no tiene nada que ver por ejemplo con “Dogville” (2003) de Lars Von Trier, por cuanto sustituye cualquier pretenciosidad intelectual por un sentido lúdico del espectáculo teatral. Es más, su esquema metalingüístico del teatro dentro del teatro aparece referido al teatro aficionado.

La escenografía se limita a unos decorados prácticamente desnudos, que presentan un atrezzo que no pasa del mobiliario de jardín, siempre con unos grandes telones cortados de fondo. La técnica interpretativa del reparto es igualmente teatral, y yo diría que fuera de lugar al trasladarse a una pantalla de cine. Los escenarios son introducidos mediante grabados que representan el exterior, junto con un breve travelling en la carretera de acceso a cada casa en los alrededores de York. Las tres parejas maduras del reparto se refieren constantemente a un séptimo personaje que no aparece nunca en escena, y que para el grupo representa la búsqueda de la felicidad y el recuerdo permanente de los tiempos de juventud que no volverán.