El apocalípsis cubano y su orgía de placer prohibido

Apesar de todos los agoreros, Cuba sigue ahí, resistiendo contra viento y marea, e incluso con perspectivas mejoradas tras el cese del bloqueo por parte de los Estados Unidos. Pero los hay que prefieren volver la vista atrás, y recordar los malos momentos colectivos para los isleños, como lo fueron los vividos durante el denominado Período Especial. Ya hubo películas cubanas, que en su momento reflejaron lo que fue aquel trance histórico para todas las capas sociales, como por ejemplo la premiada “Madagascar” (1994), obra de Fernando Pérez. Pero ahora lo que le interesa al mallorquí Agustí Villaronga de aquella ruinosa década, desde su perspectiva extranjera, es el efecto que tuvo en los sectores marginales abocados a una supervivencia impedida.
Por ello ha elegido como vehículo de esa mirada marginal la novela de Pedro Juan Gutiérrez, que cumple con la definición de escritor superviviente. Claro que su realismo sucio pertenece a unas vivencias internas, y que únicamente pueden ser entendidas desde dentro de una sociedad revolucionaria cercada geopolíticamente. En cambio, desde el exterior se pierde la necesaria proximidad en el tiempo y en el espacio, por tratarse de un mundo que se resiste a ser recreado en la distancia. El problema es que Villaronga ni siquiera ha rodado “El rey de la Habana” en Cuba, sino que por falta de permisos lo ha hecho en la República Dominicana.
Se trata por tanto de un miserabilismo recreado, y a falta del necesario arraigo ambiental todo se supedita a la desnudez de los personajes, indefensos ante un futuro apocalítico representado en forma de tormenta tropical. La carnalidad se impone como única opción en medio de la escasez material y moral, como si el contacto de los cuerpos fuera la realidad grotesca a la que agarrarse en medio de la ausencia total de otro alimento o estímulo que llevarse a las embrutecidas bocas y mentes.

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