Koldo LANDALUZE
CRÍTICA «Langosta»

La soledad y otros miedos

Topamos en este epílogo de la trilogía orquestada por el griego Yorgos Lanthimos –que podría ser tildada de “desencantada”– con un proyecto que si bien podría figurar como una de las rarezas de este año que agoniza, cuenta con una saludable intención de perturbar a base de esbozar en el espectador esa sonrisa que tanto nos suele molestar cuando es el vecino de al lado quien la luce. A Lanthimos le gusta jugar entre las tramoyas del teatro de la vida y es un consumado maestro a la hora de dirigir su intención, a modo de foco de luz molesto, directamente contra nuestra mirada. En sus anteriores propuestas –“Canino” y “Alps”– disfrutamos con un paisaje de celuloide recreado mediante recursos estilísticos que coqueteaban con Ionesco y Samuel Beckett. En esta oportunidad, y siendo fiel a su trasgresor estilo, Lanthimos ha optado por “explorar” el universo Hollywood enarbolando su declarada pasión por los maestros cómicos que reinaron cuando el cine todavía no sabía hablar.

Lo surreal entabla una amable relación con lo perturbador en una obra que, si bien no cuenta con ese poso autoril y a ratos extremo que se asomaba de sus películas europeas, cuenta con un buen puñado de secuencias teñidas de ese humor que a ratos puede desagradar. Las presencias internacionales de un reparto liderado por Colin Farrell y Rachel Weisz tampoco lastran el desarrollo de una historia cuya hilarante premisa argumental merece ser recordada.

“Langosta” se desarrolla en un mundo futuro y distópico en el que, según las reglas establecidas, los solteros son arrestados y enviados a un lugar donde tienen que encontrar pareja en un plazo de 45 días. Teniendo entre manos esta premisa a contrarreloj, Lanthimos plantea al espectador un juego que tras su apariencia inocente se intuye con claridad una visión ácida de un futuro que siempre parece demasiado cercano, lo cual puede llegar a perturbarnos.