Alberto PRADILLA

DEBATE EN EL FANGO QUE REFLEJA LA DECADENCIA DEL TURNISMO

EMPEZARON MOMIFICADOS Y TERMINARON COMO RASCA Y PICA, LOS PERSONAJES DE «LOS SIMPSON». MARIANO RAJOY Y PEDRO SÁNCHEZ CUMPLIERON LAS EXPECTATIVAS Y SE ENZARZARON EN UN DEBATE EN EL BARRO QUE SOLO REFUERZA LA FUGA DE VOTOS DE LOS CIUDADANOS ESPAñOLES HARTOS DE ESPECTÁCULOS BOCHORNOSOS.

Si algo quedó claro en el debate cara a cara entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez es la razón por la que el presidente español ha eludido discutir con cualquier otro aspirante. En una conversación anacrónica, plantearse quién salió ganador suena extraño. De hecho, si me obligasen a elegir un «triunfador» apuntándome con una pistola en la cabeza, respondería sin dudarlo que Albert Rivera y Pablo Iglesias, los líderes de Podemos y Ciudadanos, que debían estar observando la televisión frotándose las manos. Rajoy y Sánchez, enzarzados en el barro, certificaron la decadencia del bipartidismo español. Y aún y todo es muy posible que quien no haya perdido ni un solo voto sea el jefe de Gobierno.

Empezaron los dos representantes del turnismo español con discursos de cartón piedra y terminaron en un barullo de frases hechas en la que los dos atacaban y ninguno era capaz de escuchar. Es lógico. Ambos tienen sus cadáveres en el armario, por lo que cada ataque lanzado por uno era respondido por el oponente en clave ofensiva, como forma de ignorar sus propios pecados. Básicamente, el diálogo repitió lo mismo que se ha escuchado durante cuatro años en el Congreso, pero con la diferencia de que el plató podían interrumpirse. En el intermedio alguno de sus asesores debería de haberles advertido de que cada uno por su lado y los dos a la vez estaban echando paletadas de estiércol sobre el sistema que dicen defender.

Desde el minuto cero, Sánchez salió a la ofensiva. Con la tranquilidad de que Rivera o Iglesias no iban a aparecer en su chepa para hundirle en el abismo, el secretario general del PSOE sacó rápido el mensaje de «Luis, sé fuerte» y la célebre frase de «eso es mentira, salvo alguna cosa».

Una virtud de Rajoy: pese que su oponente marcó agenda repitiendo una y otra vez los casos de corrupción del PP, logró marcharse sin dar una sola explicación. Primero intentó ponerse soberbio, atacar por la «herencia recibida» y dejar el recadito de que «no voy a nombrar los ERE». Cuando Sánchez repitió hasta cinco veces que debía haber dimitido por su mensaje al extesorero y protagonista de la principal trama de Génova, Rajoy se hizo el ofendido. «Usted es ruin, miserable y deleznable», contraatacó. Para entonces ya había olvidado su promesa de no recurrir al «y tú más» y le había estampado las tramas andaluzas a su homólogo de Ferraz.

Llegados a ese punto, ambos candidatos parecían la versión en carne y hueso (pero en televisión de blanco y negro) de Rasca y Pica, el gato y el ratón que se destripan sin piedad en ‘‘Los Simpson’’. Nadie, posiblemente ni siquiera Manuel Campo Vidal, podía escuchar qué decían. Tampoco importaba mucho. «Miente, miente». «El que miente es usted» es uno de esos diálogos que pasará a los anales del argumentario pueril.

Al margen de la corrupción, Rajoy y Sánchez volvieron a atascarse con el rescate. Ni el hecho de que el ministro de Economía, Luis de Guindos, hubiese reconocido que lo que ocurrió en verano de 2012 no era un «préstamo en condiciones ventajosas» sacó al presidente español de su «erre que erre». «¿Qué hubiese hecho usted?», se escudó un Rajoy que ante las críticas por los recortes solo acertó a responder que cuestionar sus políticas era algo así como carecer de nacionalismo español. Precisamente, un elemento en el que ambos coinciden.

Al final, quizás el único elemento positivo del espectáculo es que, gracias al esfuerzo de PP y PSOE, es probable que no vuelva a repetirse en mucho tiempo.