Mikel INSAUSTI
CRÍTICA «Star Wars: El despertar de la fuerza»

La galaxia se expande dentro de un universo conocido

Para explicar la sensación que deja el esperado estreno de “El despertar de la fuerza” no se me ocurre otra metáfora mejor que la del ropero con mucho fondo de armario, y en el que primero y más a mano colocas la ropa nueva, para encontrarte al final y ya en el fondo con esa vieja cazadora de cuero raída que nunca te pones, pero que la guardas por su especial valor sentimental y los buenos recuerdos de juventud que te trae a la memoria (aventuras, conquistas...).

J.J. Abrams, que es el heredero natural del maestro Lucas, se mantiene fiel a los personajes que el primigenio autor creó gracias a la recuperación como guionista de Lawrence Kasdan, que oficia a modo de perfecto continuador de la trilogía inicial. El factor nostálgico para el público adulto queda por lo tanto más que asegurado, y en ese sentido nadie se puede sentir decepcionado. Pero me parece que son las nuevas generaciones las que salen aún si cabe más entusiasmadas con el resultado final, seguramente porque experimentan algo parecido a lo que pudimos vivir nosotros a finales de los alos 70. En consecuencia, el mayor mérito de este VII capítulo radica en su difícil equilibrio entre nostalgia y modernidad.

La nueva odisea de El Halcón Milenario transita por un universo conocido, pero que todavía se encuentra en expansión. Esto es posible porque los personajes recién incorporados a la saga galáctica no desmerecen con respecto a los que ya son míticos y pertenecen a la cultura popular. Rey (Daisy Ridley) plasma las intenciones actualizadoras en cuanto heroína que lleva en los genes la atracción por la fuerza, lo que explicaría que no necesite de ningún entrenamiento para empezar a manejar el sable de luz como un auténtico Jedi. A su lado el droide rodante BB-8 queda genial, si bien el que se sale es su antagonista en el lado oscuro, un temible Kylo Ren (Adam Driver) de gran complejidad dramática.