Jaime IGLESIAS
MADRID
Elkarrizketa
JOSEP MARÍA POU
ACTOR, PROTAGONISTA DE «SÓCRATES»

«Renunciar a preguntarnos el porqué de las cosas nos vuelve conformistas»

Nacido en Mollet del Vallés (Barcelona) en 1944, es uno de los actores y directores más prestigiosos de la escena estatal. Desde hoy y hasta el 30 de enero estará en el Teatro Arriaga de Bilbo como cabeza de cartel de «Sócrates», un montaje coescrito y dirigido por Mario Gas y estrenado en el pasado Festival de Mérida, donde se cuestionan las perversiones de la democracia.

Josep María Pou interpreta a un Sócrates humano, alejado del mito y en constante debate consigo mismo. Su ardor intelectual, su arrogancia a la hora de enfrentarse a unas estructuras de poder incapaces de asumir forma de disidencia alguna y su relación con sus semejantes (discípulos, rivales y familiares) trazan un retrato poliédrico de quien, antes que filósofo, gustaba denominarse ciudadano.

 

El juicio y muerte a Sócrates parece como si fuera el pecado original que lastra la evolución de la civilización occidental. ¿Lo percibe usted también así?

En cierta medida sí. Nuestro montaje trata de poner sobre el escenario los mecanismos de perversión que atesora toda democracia en lo que concierne a la relación que se da entre el poder y el pensamiento crítico y hacer ver que eso no es algo exclusivo del momento actual sino que en un sistema de democracia aparentemente pura, como el ateniense, esas perversiones estaban a la orden del día. De ahí que la obra lleve el subtítulo de ‘juicio y muerte de un ciudadano’ porque nuestra intención ha sido la de aproximarnos a Sócrates no como filósofo sino como ciudadano.

El montaje tiene un aliento muy brechtiano en lo que se refiere a conferirle proyección presente a un conflicto clásico.

Sí, es un montaje que interpela al espectador de una manera directa ya desde la primera escena, cuando los actores se dirigen al público y le dicen: «Vamos a representar la vida de Sócrates». A partir de ahí se trata de llevar a cabo una aproximación global al personaje a través de una visión fragmentada. Esa es una herramienta que estaba muy presente en el teatro de Bertold Brecht y que tenía una intención didáctica. Los que comenzamos a hacer teatro en los estertores del franquismo como Mario Gas (director de “Sócrates”) o yo mismo, tenemos muy presente esa tradición de un teatro militante que buscaba alertar sobre los peligros inherentes a nuestras sociedades creando una especie de conciencia crítica en el espectador, una tradición que, con el paso de los años, se fue perdiendo.

¿Por qué se fue perdiendo?

Pues porque en la medida en que la democracia se fue consolidando en el Estado español parecía poco pertinente seguir planteándose preguntas incómodas y se apostó por un teatro poco reflexivo donde lo que primaba era el sentido del espectáculo. En los últimos años, sin embargo, los espectadores hastiados de tanta frivolidad han ido reorientando nuestro trabajo hacia un teatro de ideas, de contenidos, que nos permita reflexionar sobre quiénes somos.

Un teatro político a fin de cuentas, ¿no?

En cierto modo sí. Las reacciones entusiastas que está suscitando una obra como “Sócrates” –que nació para ser representada en el Festival de Mérida y cuyo éxito imprevisto nos ha obligado a embarcarnos en una gira que nos ha obligado a cancelar otros compromisos– me hacen pensar que entre la ciudadanía hay un deseo por volver a hacer suya la actividad política, rescatándola de manos de quienes la han mantenido secuestrada durante tanto tiempo. Pero al mismo tiempo, también hay un desconcierto evidente ante la incapacidad de nuestros gobernantes por llegar a acuerdos sobre temas que exigen abordarse de manera prioritaria y cuya resolución se posterga, anteponiendo los intereses partidistas sobre el interés general.  

Hay un tema que subyace en los parlamentos de su personaje y es la duda como motor de pensamiento y como tal de cambio. Frente a eso hoy, sin embargo, parecen demandarse certezas, axiomas.

Renunciar a preguntarnos el porqué de las cosas nos vuelve conformistas. Quizá ese haya sido nuestro pecado en la medida en que, como te decía antes, la consolidación de la democracia y los años de esplendor que la siguieron trajeron consigo una autosatisfacción, una anulación del espíritu crítico que nos ha conducido hasta donde estamos ahora. Volviendo a Brecht, hay un poema suyo titulado “Elogio de la duda” que creo que casa muy bien con el espíritu de esta obra porque, efectivamente, Sócrates hace de la duda el motor de su pensamiento hasta el punto de ser enormemente crítico consigo mismo. Pero es justamente eso lo que le confiere una honestidad inusual a la hora de aceptar su destino a pesar de preguntarse íntimamente si su vehemencia a la hora de defender sus planteamientos no habrá sido lo que, finalmente, le ha condenado.

Efectivamente, sorprende la humanización que llevan a cabo del personaje, lejos de la visión hagiográfica, pues resaltando las virtudes de Sócrates no ocultan sus defectos como la arrogancia o la soberbia.

De Sócrates siempre se ha destacado su austeridad, su estilo de vida casi espartano, su generosidad a la hora de compartir su sabiduría, el hecho de no aceptar dinero a cambio de sus lecciones… Todo eso configura un arquetipo que está más cerca del santón que del hombre mundano. Nuestro deseo fue revertir todo eso y aproximarnos a la persona, al ciudadano. En cuanto te documentas un poco ves que Sócrates era un tipo vehemente en sus razonamientos, arrogante en sus modos de plantar cara al poder, a veces incluso violento. Y he de confesarte que a mí como actor me gusta mucho poner el acento justamente en esos rasgos de carácter que despojan a Sócrates de su aura mítica y lo bajan a ras de tierra.

¿Por qué cree que la búsqueda de la verdad y de la sabiduría sigue estando bajo sospecha? La ciudadanía suele acoger mal a aquellos que encaran la política como si fuese una actividad pedagógica recela de quienes pretenden ilustrarles.

Supongo que eso es el reflejo de una cierta inseguridad en nosotros mismos que nos lleva a recelar de aquellos que se apartan del camino preestablecido y consagran sus energías a cuestionar el orden establecido. Esas actitudes siempre generan desconfianza pero son justamente aquellos que se atreven a ir un paso más allá los que abren la veda para que se produzcan los cambios que nos permiten avanzar como sociedad y eso siempre ha sido así.

El montaje posee una escenografía muy minimalista y una iluminación bastante neutra. El peso del espectáculo recae en los actores y, sobre todo, en la palabra. ¿Todo esto no supone, en cierto modo, un desafío?

Despreciar el poder de la palabra en el teatro supone despreciar al espectador, infravalorar su inteligencia. Por desgracia eso ha venido pasando con bastante frecuencia en los últimos años. Se ha apostado por un teatro efectista que buscaba distraer al público en lugar de implicarle.

Frente a eso, en este espectáculo apostamos por el poder de sugestión que tiene la palabra a la hora de vehicular ideas y pensamientos desde los que atrapar al espectador y removerle en la butaca. Pero también buscamos hacer disfrutar, envolver al público con la musicalidad de las palabras, del verbo bien declamado.  

En esta ocasión trabaja solo como actor. Desde que se dedica a la dirección, ¿le cuesta más desdoblarse y probarse solo como actor? ¿O, por el contrario, es algo que le libera hacer una única función?

Yo a la dirección llegué de manera un poco casual y hace relativamente poco. Lo que pasa que “La cabra”, que fue el primer montaje que dirigí, tuvo un éxito tan descomunal que enseguida comenzaron a llegarme propuestas para continuar dirigiendo.

Dicho lo cual, tengo que reconocer que, en ocasiones, al simultanear ambos cometidos he sentido que mi trabajo en una de las dos facetas se resentía. Cuando tienes una visión global del teatro siempre tienes ciertas reticencias a someterte sin más a las indicaciones del director, pero este no ha sido el caso porque con Mario Gas siempre he tenido una sintonía plena y, aunque es algo delicado decir esto, creo que si yo hubiera tenido que asumir la dirección de “Sócrates”, mi trabajo no habría diferido mucho de la labor que ha llevado a cabo Mario.