Vivo en la luna
Lo admito, sí, es verdad, vivo en la luna, que la tierra me pesa y me reduce hasta anularme o, peor todavía, hasta negarme esas cuantas palabras que he estado trajinando y que, llegué a creer, algún día acabaría aprendiendo. Y es que las palabras se me pierden y por más que uno invoque su nostalgia o recurra el dictamen de la amnesia, así sea transitoria, o apele la revisión del caso demandando un vestigio de luz en la memoria, hay palabras que siempre se extravían sin que consiga conjugar sus letras. Palabras movedizas de sílabas fugaces que se cierran y abren, que se van y se vienen, palabras como… Hay palabras que siempre se me pierden.
Cada vez que estoy a punto de arribar a alguna inobjetable conjetura, los puntos suspensivos la dejan en el aire y, ante el cuestionamiento general que impaciente espera que concluya, me voy de punto en punto, muy despacio, camino de la luna, sin nada que alegar en mi defensa que no sean los puntos suspensivos.
Lo admito, sí, es verdad, vivo en la luna, aunque no he terminado de mudarme. Me falta recoger una sonrisa que haga más dulces las noches en menguante y una lágrima grave que compense la desmedida holganza del creciente para soñar estrellas a tu lado como gatos esquivos arriba de un tejado.
(Euskal presoak Euskal Herrira)

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