Raimundo Fitero
DE REOJO

Moscú

Miro y remiro el vídeo de una mujer de Uzbekistán paseando a la puerta de una boca de metro de Moscú gritando y con la cabeza de una niña en su mano y me encaramo mentalmente a todas las tragedias griegas para intentar entender este mundo en el que vivo. Es muy difícil llegar a comprender la complejidad del ser humano en sus diferencias. Gritaba como si fuera una yihadista, pero parece que es solamente una mujer despechada por las infidelidades de su marido, y la cabeza es la de la niña que desde hacía un año cuidaba. Un rato antes los bomberos habían encontrado el cuerpo de la niña calcinado en un apartamento que la mujer había incendiado.

No se puede explicar, sucede, los informativos a veces son una colección de asesinatos y homicidios que parten de la profundidad más oscura de las personalidades alteradas de los seres humanos. La violencia que cierra un episodio de dolor y abre un abismo de terror. Hay dos canales en mi plataforma que dedican veinticuatro horas a mostrarnos casos de esta índole, resueltos o por resolver, una suerte de catálogo de asesinatos cometidos de todas las formas y maneras a lo largo de décadas. No solamente en EEUU, lugar que parece una tierra experimental para estas barbaridades, sino de casi todas las sociedades.

Los guionistas de series y cine no necesitan recurrir a la imaginación. Pueden ir a  los archivos policiales y a  estos canales con escenas reales o dramatizadas, porque los seres humanos en su constitución tienen la capacidad de hacer todo lo imaginable en el terreno de la violencia, sea personal, social, colectiva o política. Forma parte de nuestra condición humana, parece que la educación y los conceptos morales tratan de amortiguar los instintos básicos que anidan en nuestro cerebro. Aquí o en Moscú.