Carlos GIL
Analista cultural

Exigencia

En tiempos de crisis económica, que marca de manera nefasta lo social, lo político y lo cultural, lo primero que se maltrata de manera despediada es la exigencia y el rigor. Es como si para mantener la actividad musical, plástica, teatral o literaria se buscase penetrar en los segmentos más fáciles, más trillados, con menos compromiso estético en busca de una solución mágica. Una supuesta solución que rebaja por igual todos los tramos de la creación, la gestión, la exhibición y que no está comprobado que dé beneficios inmediatos en cuanto a lal fomento de creación de nuevos públicos o de retención de los públcios más asiduos, pero me temo que sí producen desajustes y desvalorizaciones para siempre.

Cuando empieza a bajarse la exigencia, se abren las puertas a todos los males, al desbarajuste, a la falta de criterios más allá de una supuesta facilidad para encontrarse con un cliente único, al que se le supone con un gusto único y que no quiere sorpresas sino que necesita reafirmarse en su propia mediocridad. Se establece una suerte de pacto entre quienes programan o gestionan y los receptores de esas programaciones, cada vez más considerados solo como consumidores. Se crea de manera artifcial un prototipo de público y se nos dice que es el que no quiere problemas, porque la situación general es ya muy amarga, que desea ver cosas divertidas, y ahí se queda el discurso en bucle, que se repite hasta la saciedad, sin encontar otras salidas y sin percatarse de la existencia de públicos más exigentes, más culturales, que quieren estar a la altura de los tiempos y que saben que existen otros mundos culturales cercanos y a su alcance. Incluso que hay nichos de nuevos públicos que se relacionan de otra manera con la cultura y con el arte al que no se les atiende con el merecido respeto y dedicación.

Estamos ante una tautología simplista. Si no se ofrecen otros espectáculos, conciertos o exposiciones, con mayor audacia programática y por tanto con mayor compromsio ideológico, no se puede saber si existen esos otros públicos o no. Están todos en una zona de confort que anula de manera radical la experimentación y el riesgo. Incluso la belleza. Es un momento de retroceso absoluto. Y se detectan muchas imposturas. Lo nuevo de hoy parece más viejo que lo antiguo. Hay fisuras de curaduría, de intención, de exigencia cultural y estética.