EDITORIALA

Cultivar la decencia, articularla políticamente y en profundidad

La referencia de Arnaldo Otegi al ideal de la decencia para construir el Estado vasco ha generado un renovado horizonte en la base social independentista e interés en otros círculos políticos. Quizás por haber sido menos usado que otros valores universales, pervertidos en boca precisamente de quienes más los socaban, esa idea de decencia resulta inspiradora, expresa un trato que debería ser el mínimo entre personas, dentro de las comunidades y entre ellas, a la vez que ofrece un motor ético para los proyectos emancipadores contemporáneos. No se trata en ningún caso ni de renegar de esos otros valores fundamen tales –libertad, justicia…– ni de hacer de este un nuevo dogma –o, lo que es peor, rebajarlo a consigna–.

Es el pensador israelí Avishai Margalit quien en su libro “La sociedad decente” formula de manera más sistemática y fructífera este concepto. Con un ojo puesto en la disputa teórica entre liberales y comunitaristas y otro en el conflicto real entre palestinos e israelíes, sin ser una simple respuesta ni a lo uno ni a lo otro, Margalit define una sociedad decente como aquella cuyas instituciones no humillan a sus miembros. Diferencia entre una sociedad decente y una civilizada, siendo esta una en la que sus miembros no se humillan entre sí. Es decir, al centrarse en el trato que dan las instituciones a las personas, la sociedad decente recogería esa perspectiva estatal, política, que formulaba Otegi.

De su estrecha relación con Isaiah Berlin, Margalit recoge la cuestión del respeto y de la humillación, que según el propio Berlin constituye el motor fundamental de los nacionalismos. Hay estados que no tratan a una parte sustancial de su población como si fuesen ciudadanos, en pie de igualdad y sin humillarlos, pero a su vez se niegan a que estos decidan dejar oficialmente de serlo. El proceso catalán muestra a las claras estos dos aspectos. Es poco probable que España se haga decente.

La posición de Margalit, según sus propias palabras, es políticamente «socialdemócrata», filosóficamente opuesta al idealismo y gradualista. Sus propuestas, no obstante, resultan interesantes para quienes sostienen otras concepciones. Plantea debates que vertebran las cuestiones más relevantes de nuestro tiempo: la ciudadanía, la pertenencia, los derechos, la legitimidad, la solidaridad… Debates cuyo máximo exponente hoy por hoy, en nuestro contexto, es la crisis de los refugiados.

Europa recorre la pendiente de la indecencia

La indecencia europea se muestra hoy con más claridad que nunca en las islas griegas. Más al norte, en las fronteras hacia Europa Central, se dan otras manifestaciones de la misma tragedia, pero es en Grecia donde se cumple a la perfección la definición de indecencia. Hace seis meses la Unión Europea decidió humillar a una parte de sus miembros, la ciudadanía griega, como castigo ejemplarizante por elegir a un Gobierno contrario a sus intereses y haber refrendado posteriormente su política en un referéndum. Esa humillación establecía, de facto, ciudadanías de primera y de segunda en la UE.

Para entonces las autoridades comunitarias ya eran conscientes de la dimensión del éxodo provocado por las guerras que ellos mismos habían promovido y financiado al otro lado del Mediterráneo. No obstante, seguían negándolo, perdiendo el tiempo cuando debían estar preparando los recursos, la logística y sobre todo la pedagogía social con la que iban a hacer frente a uno de los mayores retos desde el fin de la II Guerra Mundial. Aunque de grados bien diferentes, dos crisis humanitarias se superponían así en esa costa: la provocada por las políticas de austeridad y certificada con los ul timátum al Gobierno de Syriza y la provocada por el exilio de miles de familias que huían de la guerra. Dos síntomas de la verdadera crisis europea. A partir de entonces, si el «Welcome Refugees» representaba la decencia y ofrecía una esperanza no solo a los migrantes sino a la ciudadanía europea, la deriva de Bruselas hasta el acuerdo con Turquía simboliza la indecencia.

Los discursos oficiales tras estos acuerdos evitan calificar a estos migrantes como refugiados, precisamente con el objetivo de limitar sus obligaciones para con ellos. Una vez más, surge la cuestión de la ciudadanía, de la pertenencia, de la parcialidad y de los subterfugios jurídicos y políticos para justificar la indecencia.

En la búsqueda de un Estado vasco en Europa, es en la decencia donde se debe marcar la diferencia y acertar. «Todos los derechos para todas las personas» es el principio rector de un proyecto independentista ganador.