La supervivencia de la vida familiar sin el referente paterno

Uno de los pocos cineastas japoneses al que tenemos la suerte de seguirle película a película es Hirokazu Kore-eda, de sobra conocido en Donostia, donde en la última edición recibió el Premio del Público, dentro de la sección Perlas, por “Umimachi diary”. Su último trabajo puede que fuera hasta más apreciado que en otros lugares como Cannes, tal vez por esa cercanía con su obra que permite una mayor identificación.
Desde “Nadie sabe” (2004), el de Tokio ha mostrado un vivo y creciente interés por las relaciones familiares fuera de su modelo más jerarquizado o institucionalizado. Pero a la vez ha ido también purificando su estilo melodramático haciéndolo transparante y lleno de ternura de la buena, y por tal me refiero a la empatía que despiertan sus personajes en la audiencia con un mínimo de sensibilidad. “Still Walking” (2008), “Kiseki” o “De tal padre, tal hijo” (2013) le han conferido una maestría que en nada desmerece de los grandes Ozu o Naruse. Como ellos domina el subgénero denominado “shomin-geki”, referido a las historias sobre la gente corriente.
La cadencia narrativa que imita a la vida misma se deja sentir en “Nuestra hermana pequeña”, donde las cuatro protagonistas comparten momentos cotidianos, bien sea a las horas de las comidas servidas de manera ritual o los paseos estacionales bajo los cerezos en flor. Más que analizar un conflicto, se trata de dejar fluir la convivencia en clave naturalista y poética. El pasado y el futuro de las hermanas lo definen la mayor (Haruka Ayase) y la menor (Suzu Hirose). Precisamente es a partir de la adopción de Suzu cuando se establece la armonía, mediante la aceptación de esta hermanastra a la que conocen en el funeral del padre. La tensión vendrá por el lado de la aparición de la madre biológica, lo que les obligará a estar todavía más unidas.

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