GARA

SER AITA, A UNO Y OTRO LADO DE LOS MUROS DE LA PRISIÓN

Las suyas son historias particulares, nada comunes, que se viven «un poco como si fueran aventuras», pero nunca fáciles cuando se trata de ser y ejercer como padre por encima de un cruel sistema penitenciario. Mintegiaga y Gabilondo lo cuentan en Infozazpi.

Ser y actuar como padre o madre cobra una especial dimensión cuando se trata de hacerlo salvando la dispersión, las condiciones que establece el régimen penitenciario: las visitas, los controles de acceso..., pero sobre todo el factor distancia. Jon Mintegiaga e Iñaki Gabilondo han contado su experiencia ante los micrófonos de Infozazpi Irratia: cómo hacer realidad la necesidad de estar presente en la cotidianidad de la vida en familia, cómo ser padre estando a un lado o al otro de los muros de prisión.

Mintegiaga recuperó la libertad el pasado febrero tras pasar un año encarcelado desde su detención en enero de 2015, en la operación contra Herrira. Esta última no es su única estancia en prisión, ya lo estuvo antes durante cinco años, pero en esta ocasión luchar por los derechos de los presos le costó una nueva privación de libertad, que además llegaba en un momento especial en lo personal, porque la cárcel le hacía desaparecer de golpe y porrazo de la vida de una pequeña persona de dos años y medio a la que estaba especialmente unido en la rutina diaria. «Le costó mucho asimilar que ya no estaba ahí», llegó a desarrollar una dermatitis por todo el cuerpo que desapareció tras su salida de la cárcel, un momento que hasta su andereño notó en la escuela, según les hizo saber. Y hoy es el día que no baja la guardia si aita no vuelve a casa al anochecer.

«Encajar el golpe» de la encarcelación y «buscar el equilibrio» ante la realidad de la prisión con los escasos medios de que dispone un recluso exigen avivar la imaginación y la dedicación, no perder la ocasión de acercarse de una u otra manera a ese pequeño ser de cuya vida te arrebataron un día. «Si tienes ocho llamadas para hacer a casa, pues prácticamente las ocho son para hablar con él, cantar, contarle un cuento...», explica Mintegiaga.

«Cómo buscar el modo de estar presente en casa» pese a encontrarse a cientos de kilómetros de Euskal Herria era, según dice, una idea constante durante su estancia en prisión; «cómo mantener la relación que teníamos en casa» con las escasas llamadas de cinco minutos de duración y un vis a vis mensual, porque no hay visitas tras el cristal para niños tan pequeños. La vía, además de esos escasos contactos, eran las cartas pero tampoco podían ser leídas por un niño de tan corta edad, por lo que los dibujos sustituían las letras, como los cuentos que inventaba para hacerle volar con la imaginación.

El relato de Gabilondo es el inverso al de Mintegiaga. El de quien ha afrontado la paternidad desde el otro lado de los muros de la cárcel. Su compañera, Alicia Sáez de la Cuesta, ha sido madre en prisión de dos niñas, con las que pasó sus primeros tres años de vida. Después, el grueso de la crianza de las hijas pasó a su padre y como recuerda, para alguien de su generación que «ni siquiera había jugado nunca a muñecas», el reto fue muy grande. Ahí es donde la familia juega un papel muy importante, según remarca, como lo hace Mintegiaga.

«Fue nuestra decisión y afortunadamente podemos decir que ha ido bien, pero entonces fue duro», cuenta Gabilondo mirando atrás, al tiempo que explica que «la cárcel está llena de pequeños dramas», por lo que la idea para sobrellevarlo fue siempre «convertirlo en una aventura» y «hablar mucho las cosas antes, también con ellas».

A su juicio, lo peor de la experiencia es la dispersión. «Lo veo todavía hoy. Si a las dificultades que puede tener cualquier madre o padre en solitario le sumas la dispersión, hacer eso compatible con la felicidad y la seguridad de su entorno, buscar un equilibrio a todo eso, es lo más difícil», según explica.

Se echa en falta el contacto

Para quien está dentro, destaca Mintegiaga, lo que más se echa en falta es el contacto. «Contarle cuentos mientras le tienes en el regazo, captar su olor, darle ternura... Hablas por teléfono, te quedas a gusto, pero luego te queda esa necesidad [...] Eso es algo que se echa en falta a cada momento», recuerda sobre días en los que en alguna llamada el pequeño está tan a gusto jugando con otros amigos que no quiere hablar por teléfono, algo natural si no fuera porque no podría hablar con él hasta una próxima llamada.

A este respecto, Gabilondo habla de su experiencia con una niña de 11 años para la que las horas de largo viaje a Castellón pesan a esa edad en las que es difícil restar tiempo a estar con sus amigos. Tal y como apunta, siguen intentando buscar «la aventura, conocer lugares, gente..». Hacer el viaje o quedarse es su elección, según explica, y hasta ahora solo en una ocasión ha preferido quedarse, pero no hay que perder de vista su edad. Es el factor que hace que sea más difícil encontrarles en casa a la hora que se permiten las llamadas telefónicas o asistir a vises, que son entre semana.

La edad es un factor importante, pero lo fundamental es hablar «con naturalidad» y explicarles las dificultades que supone la prisión, porque son pequeños pero «no son tontos». Mintegiaga opina igual, «no hay que esconderlo», contar que «es duro», pero no transmitir odio ni rabia y esto es algo que «no es nada fácil» –según indica– porque hay situaciones difíciles y estas son evidentes hasta para un niño de corta edad, que pasa los controles de entrada, el arco...

Para ambos la realidad a la que se ven abocados los más pequeños «no tiene nombre», como víctimas obligadas de la situación de sus familiares. Por ello, apunta Mintegiaga que es especialmente doloroso oír hablar al lehendakari, Iñigo Urkullu, del diseño en su día de la dispersión.