Naftalina
Hace años conocí a un gay que había sido torturado con electroshocks en una institución franquista. La década de los 70 arrancaba con promesas de libertad y él decidió contar en su casa que nunca iba a aparecer un domingo con esa novia esperada. Su familia más directa lo aceptó, pero una tía monja avisó a la policía. Por su bien, dijo ella. Me sentí muy agradecida a aquel hombre que vencía su timidez para hablar en público porque, sin su coraje, las desviadas que vinimos después lo hubiéramos tenido mucho más difícil. Desde la primera chica con la que yací con 22 años lo anuncié en casa. También porque supe que vendrían muchas más. Si no aquella tarde me hubiera avergonzado de mi misma como nunca en mi vida.
Gracias a décadas de lucha sin cuartel, aquí y ahora, una lesbiana o un gay si salen del armario ante su familia sólo se juegan que dejen de quererles. Aunque me pregunto si alguien que te rechaza por ser quien eres te ha querido nunca y si vale la pena su cariño. La gente que prefiere quedarse con su homofobia antes que con un hijo maricón o una hija bollera merece envejecer sola. Tenemos la libertad de decirlo o no, pero por responsabilidad histórica debemos decirlo. Y hay que tener mucho cuidado con el auto-odio interiorizado en el silencio. «Quien mira hacia el interior del armario dirige su mirada a la oscuridad, del mismo modo que la de quien sale es una mirada que va hacia la luz», escribe Oier Guillan.
El 19 de marzo dos valientes mujeres se casaban en Moscú, burlando la ley gracias a que una es transexual y todavía consta como hombre. Sofia Grozovsky y Lynne Reid han arrancado a la heterofascista Rusia de Putin su primera boda lesbiana. Ríen a la salida del juzgado porque han vencido, aunque sabemos que se juegan la vida. Acaba de dejar este mundo Shangay Lilly, uno de los primeros hombres que manifestó su homosexualidad en las televisiones españolas, para colmo ataviada con un turbante y maquillada como una puerta. Fue un airado e incansable defensor de toda la gente oprimida, los años sólo consiguieron radicalizarle. Era feminista por encima de todo. Ayer releía los mensajes de amor que nos enviamos sin conocernos y me sentía orgullosa de su existencia. ¡Hasta siempre, compañera!

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