Más democráticos también significa más independientes
El derecho a decidir, que se plasma cada vez en más votaciones, primarias, consultas y referéndums, tiene en nuestro contexto dos fuentes principales. Por un lado, supone una actualización y una renovación del derecho de autodeterminación. Por otro lado, responde a un deseo de democratización, de transparencia, de ahondar en la legitimidad popular que va más allá de las cuestión nacional –es más, que en algunos casos incluso la esquiva–. Pero no son dos raíces independientes. En general, ambas responden a una visión democrática, a una conciencia ciudadana y al valor de la política y de la soberanía. No se puede defender una de esas visiones y no la otra sin caer en contradicciones. Ambas alcanzan todo su potencial unidas, encarnadas en una cultura política.
En sus intervenciones Arnaldo Otegi ha subrayado que quienes quieren transformar la sociedad siempre ganan preguntándole a la gente, dando cauces para decidir sobre las cuestiones que les afectan. Aun en esos casos en los que el resultado vaya contra sus propuestas concretas. Aun cuando esas decisiones retrasen el desarollo de modelos públicos que, sin lugar a dudas, supondrían un avance instantáneo en favor de la igualdad, de la sostenibilidad, de la equidad o de la justicia. Esas respuestas negativas a propuestas positivas no les cierran la puerta, la mantienen abierta, a la espera de que el trabajo político dé sus frutos. Y ese trabajo, cuando se hace bien, siempre los da. Porque la alternativa es la imposición y esa práctica está destinada al fracaso. Si lo está para las fuerzas conservadoras, aún lo está mucho más para las transformadoras, para las revolucionarias.
Otra cosa es que, tal y como señala el dogma de las ciencias políticas, los referéndum se convocan para ganarlos. Y que en la gestión política e institucional también hay que medir bien las fuerzas, los tiempos, y hay que saber diferenciar lo estructural de lo secundario.
Poder decidir es una auténtica fiesta
En este sentido, la decisión del alcalde de Iruñea, Joseba Asiron, de delegar en la ciudadanía la elección de la persona o colectivo que lanzará el txupinazo de sanfermines puede sonar trivial, pero tiene un gran valor. Para empezar, porque supone renunciar a un privilegio. Pero sobre todo porque bajo esa aparente futilidad se esconde una potente arma simbólica, que altera el juego político, que revierte los desequilibrios de poder, que rompe esquemas, que marca la diferencia. Abre un camino que luego otros tendrán difícil desandar.
Evidentemente, dejar a la gente decidir este tipo de cosas en una ciudad en la que el partido más votado es abiertamente sectario, segregacionista, practica el autoodio hacia lo vasco y ha tejido una red clientelar durante décadas tiene riesgos para quienes quieren construir una ciudad sin ciudadanos de segunda, igualitaria, progresista, viva, más justa y más libre. Pero esos riesgos siempre serán menores que las ventajas, que el beneficio para las fuerzas del cambio y para la ciudadanía.
En este mismo sentido, es positiva la decisión del Ayuntamiento de Donostia y de su alcalde, Eneko Goia, de recurrir ante el Tribunal Supremo el veto a la ley de consultas y la voluntad de seguir adelante con la referida a las corridas de toros.
Como se ve, nada de ello está exento de dificultades y contradicciones. Pero lo importante de estas es saber gestionarlas. Negarlas no hace que desaparezcan.
A más democracia, mayor independencia
En este contexto, la convocatoria de consultas el próximo 5 de junio en 34 localidades de Euskal Herria, dentro de la dinámica Gure Esku Dago, supone un paso importante para quienes ven en las vías democráticas la forma más eficaz de avanzar hacia la libertad de este pueblo y hacia la emancipación de su ciudadanía.
Este país será más independiente en la medida en que sea más democrático, en la medida en que su cultura política se siga diferenciando en ese sentido de la española y la francesa, en la que el contraste entre la voluntad popular de la sociedad vasca y la imposición de las estructuras de los estados sea más evidente. Tanto en cosas aparentemente triviales pero simbólicamente profundas, como en las más estructurales. Esto no nos garantiza nada, pero nos abre opciones, nos ofrece ventajas. Esta no es una ecuación que se pueda liberar intelectualmente, ideológicamente, por importante que esta perspectiva sea. Se liberará con la práctica, ejercitando derechos, experimentando.

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