Carlos GIL
LEIOA

En la calle, el tamaño importa bastante más que las buenas intenciones del espectáculo

Como casi siempre, Umore Azoka de Leioa cambia de humor como cambia el tiempo. El viento y la lluvia se convierten en elementos dramatúrgicos incontrolables mientras el sol es una caricia.

Si hace unos pocos años nos preguntábamos por qué le llaman teatro si quieren decir circo, ahora podemos asegurar, y aseguramos, que es normalmente la danza el componente que más satisfacciones nos proporciona a los que debemos ir revisando, viendo, contemplando, analizando más de cincuenta ofertas de espectáculos por las calles, plazas, bulevares o espacios especiales. Entre el calabobos, el sol revienta bobos, los negros nubarrones y el vamos a la calle porque no nos dejan estar en la salas, uno quiere señalar algo tan obvio como que el tamañazo importa. Como concepto y como realidad tangible. Un gag de siete minutos, no puede durar cuarenta para convertirlo en algo más vendible. El arte no se pesa, ni se mide. Fin de la cita.

De Markeliñe a Organik

Noto en “Crusoe” de la compañía Markeliñe la sensación de que cuando lo hagan en una sala, con una buena iluminación, tendrá bastante más solidez que el día de su preestreno, donde había las lógicas imprecisiones, pero que apuntan a un buen trabajo de estructura dramática  sustentada en la interpretación. Y una duda, ¿es teatro familiar? Mi respuesta es sí. Discuto sobre si los payasos son actores o solamente payasos. Alguien me espeta sobre una actriz: «Es una payasa». Yo repito: «Es una magnífica actriz». Y así van cayendo las cervezas. Se trata de una joya a cargo de La Industrial Teatrera, con el estreno de “Náufragos”, con Jaume Navarro y Cristina Soler. Una delicia. Sensibilidad, humor, humanidad, humanismo, interpretación, dirección. Muy bueno.

Momentos danzados. Laura Cobo junto a María Andrés, presentan “Señor Smith”, una muestra de la renovación generacional en la danza vasca. Apuntan buenísimas maneras. Su pieza está bien medida. Lo mismo que el trabajo de un catalán , Jordi Vilaseca y un gasteiztarra, Aritz Lopez, con “Larrua”, danza de contacto desarrollada. Muy buena energía, buenas ideas perfectamente expresadas. Junto a estas jóvenes compañías, una pareja bien sólida con años de trabajo a sus espaldas, “Irrintzi” de Organik Dantza-Antzerki, bailado por Helena Golab y Natalia Monge con el saxo en directo de Laurentx Etxemendi. Por momentos puede parecer muy cerebral, pero se trata solo de contención, de una propuesta estética que va evolucionando hasta lograr un estado comunicativo de alta calidad. Mis aplausos más rítmicos. En los tres casos el tamaño era el adecuado, ni más ni menos. Tomen nota.