LOS NINGUNEADOS E INVISIBLES HAITIANOS QUE QUIEREN DEJAR DE SERLO
El seísmo de 2011 dio una visibilidad efímera a los «nadies» haitianos, a los ninguneados, que reivindican su derecho a ser y a tomar las riendas de su país. Sus voces, recogidas en el libro «Haití, cuando las vidas tiemblan», buscan remover conciencias.

El libro «Haití, cuando las vidas tiemblan» ha dado forma a un proyecto llevado a cabo con el objetivo de dar voz y visibilizar a los «nadies» haitianos, a quienes el devastador terremoto de 2010 sacó a la luz, pero que seis años después siguen estando olvidados. Un país habitualmente ligado a catástrofes, pobreza, violencia y caos al que Xabier Bañuelos –periodista y colaborador de GARA–, Itziar Pequeño (periodista y miembro de la ONG Arregialde, cuya labor se centra en Haití), Jon Ezkerra (bombero y miembro de la ONG Lanbi Elkartea, centrada en el desarrollo de programas sostenibles en Haití) y Miguel Ángel Navarro (sicólogo y miembro fundador de Lanbi Elkartea), han querido quitar ese estigma profundizando en su realidad a través de los testimonios de sus ciudadanos, los que sobreviven en Haití y los que malviven como inmigrantes en República Dominicana, donde ni siquiera son, unas gentes a las que no se presta atención.
Un libro con el que sus autores pretenden traer a Euskal Herria «las voces y las miradas de esas vidas que tiemblan, que brillan entre el orgullo de ser el primer Estado en abolir la esclavitud y la frustración de un desarrollo que no llega, entre la satisfacción por ser la primera nación en conseguir su independencia en América Latina y una soberanía mancilla». Y que esas voces y esas miradas, que sobreviven ninguneadas por las potencias neocoloniales, hastiadas de tantas promesas incumplidas, hundidas en la miseria y la inequidad, remuevan nuestras conciencias, muy dadas al olvido. Es una llamada a la solidaridad.
El viaje arrancó en República Dominicana, porque, explica Bañuelos, «no se puede conocer la realidad haitiana sin conocer la de los haitianos que salen del país buscando una mejor calidad de vida». Personas que están siendo llevadas de forma masiva a la frontera. Una deportación que afecta también a dominicanos de ascendencia haitiana. Algo que ya puso en práctica el dictador Leónidas Trujillo, quien en octubre de 1937 acabó con la vida de más de 30.000 haitianos que vivían en República Dominicana en la conocida como Masacre de Perejil, porque era esta palabra la que les hacían decir para comprobar su origen haitiano.
Suzy Chery, técnica del Centro Bonó, que trabaja en el ámbito de los derechos humanos en Santo Domingo, denuncia que las autoridades violan la Constitución con la «desnacionalización» de los dominicanos de ascendencia haitiana, al afirmar que todos los haitianos están en tránsito. Por eso, su sueño es graduarse y regresar a Haití.
Eso hizo Jean Elie Gilles, rector de la Universidad Pública del Sudeste, que volvió tras dos décadas en el extranjero, después del terremoto, para crear algo positivo para su comunidad, una universidad pública en Jacmel, dado el valor que da a la educación.
También el agrónomo Jerry Christian quiere ser útil a su país. Critica el paternalismo en cooperación al desarrollo e insiste en que el mejor recurso para salvar Haití es su capital humano y la educación. «Pasar de la dictadura a la democracia es mucho más que redactar una Constitución, escrita por haitianos que llevaban mucho tiempo fuera». A su juicio, la clave es cambiar de mentalidad y ser capaces de «sacrificar los intereses personales por los colectivos».
«La responsabilidad es nuestra»
«Ante la pasividad estatal, nosotros tenemos la responsabilidad de educar y concienciar a las nuevas generaciones», dice Assancio Kacques, coordinador de Morepla, red de organizaciones de L’Artibonite, que tacha al Estado de «negligente» en materia agrícola, en un país cuya base social es el campesinado, ya que solo está «interesado en importar productos casi libres de impuestos cuando estas tierras pueden producir para alimentar a todo el país y contribuir al desarrollo».
Un país «activo, que lucha, sabe gobernarse, trabajar la tierra y sufrir» y no es el «Haití pasivo que nos muestran», dice Jon Ezkerra, que lo conoce bien, porque «el haitiano es una persona resiliente» en un país bajo dominio extranjero desde 1804 y ocupado militarmente por la ONU desde 2004. Incide en que su problema es la falta de soberanía territorial, política, alimentaria, pero también de educación, que requiere mayor inversión. Pero eso no implica que no desarrollen proyectos para salir adelante. «Ellos quieren ser los protagonistas de su presente y de su futuro, pero no son los actores principales sino que su papel es de recursos humanos», afirma Ezkerra.
Algunos evocan la fatalidad de un «país maldito» por su situación geográfica y otros recuerdan que cualquier catástrofe se cobre más vidas en Haití que en otro lugares, pero no tiene nada que ver con la incapacidad de los haitianos para gestionar los asuntos del país, como muchos tratan de hacer ver. «Desde fuera se fomenta una imagen negativa; hay periodistas que vienen y hacen un artículo hablando de que es el país más pobre y de sus miserias, sin añadir nada más, sin explicar por qué, sin mencionar que somos un pueblo que sabe luchar y que, tras el terremoto, no nos quedamos parados. Cualquiera que quiera comprender Haití tiene que ver que hay muchos intereses en la isla, que es un pa&bs;ís bajo control extranjero», subraya el periodista Konpè Filo.
Franck Seguy, profesor de Sociología de la Universidad del Estado, constata que la cooperación internacional tras el seísmo «fue incapaz de reconstruir Haití al seguir una lógica que lo infantiiliza». Sostiene que la comunidad internacional ya tenía una decisión tomada para el futuro del país sin la colaboración de su población y la aplicó en ese contexto. «Utilizaron a este país como un laboratorio de experiencias laborales y militares, como lugar de ensayo de estrategias económicas usando como excusa la cooperación y la catástrofe, sin el propósito de reconstruir Haití», denuncia.

«Gizarte aldaketa handi bat» eskatu du euskararen komunitateak

ASKE TOMA EL TESTIGO DEL HATORTXU EN ATARRABIA

Un ertzaina fue jefe de Seguridad de Osakidetza con documentación falsa

Un esquiador de Irun, entre los tres fallecidos por un alud en Panticosa
