Rituales humanos en plena naturaleza

Curtido en el género documental, Gerardo Olivares no ha desaprovechado esta faceta cada vez que ha experimentado dentro de los territorios de la ficción en películas como “Entre lobos”. En esta oportunidad ha tomado como excusa argumental la novela de Roberto Bubas “Agustín, corazón abierto” para poner en imágenes un drama estimable, cálido y emocional en el que el personaje literario –prolongación del propio Bubas– es interpretado con solvencia por Joaquín Furriel.
La declaración de intenciones de esta película podría resumirse en una secuencia de gran impacto visual y en la que topamos con un grupo de orcas que se asoma a la playa para iniciar una cacería de lobos marinos. Dicha secuencia es presenciada por tres testigos de excepción, una mujer, su hijo autista y un guardafauna que vigila el buen tránsito de la vida natural de Península Valdés. La escena provoca un gran impacto en el personaje encarnado por Maribel Verdú la cual, sobrecogida por lo que ha visto en la playa, reprocha a su guía que le haya mostrado dicha secuencia “salvaje” que, a ojos del guardafuna no deja de ser un mero episodio natural que jamás debe ser juzgado bajo los parámetros de la ética.
Si bien el apartado visual resulta atractivo, sobre todo por la mucha calma que transmite el paisaje de la Patagonia argentina y lo bien resuelto que ha sido la interactuación entre humanos y orcas mediante animatronics y efectos digitales –todo ello con el añadido de la partitura del prolífico Pascal Gaigne–, en lo referente al guion surgen ciertas dudas en cuanto los personajes conversan o las voces en off acaparan protagonismo con frases lapidarias y con pretensiones de una fuerte carga íntima y existencial. Es una lástima que en este apacible filme se hayan colado ciertos excesos narrativos con los que se ha pretendido dotar de un mayor empaque dramático algo que no lo requería.

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