Janina PÉREZ
Elkarrizketa
Thomas Vinterberg
Director y guionista

«Una comuna contemporánea tiene motivaciones prácticas, mas no ideológicas»

Desde los siete hasta los 19 años, el realizador danés vivió en un colectivo. Algunos recuerdos los inserta en su nueva cinta «La comuna».

Janina PÉREZ | BERLÍN

Thomas Vinterberg (Copenhague, 1969) solía ser un agitador. Alcanzó notoriedad tras propinarle un revolcón a los cimientos formales de la producción cinematográfica al fundar junto a Lars von Trier (el eterno revoltoso) el colectivo Dogma 95.

Con “La celebración” (1998), su primer filme realizado bajo esos preceptos vanguardistas, encantó y escandalizó por igual. Dos décadas más tarde, habiendo recorrido un camino minado de interesantes intentos, algunos fracasos de taquilla e incursiones más allá de las fronteras danesas tanto en el cine como en el teatro, Vinterberg ostenta un prontuario que lo coloca como uno de los máximos exponentes de la cinematografía danesa, aunque algunos entendidos lo extienden al cine escandinavo.

El hijo de un crítico de cine y una sicóloga, desde muy temprano empezó a figurar, siendo para su época el estudiante más joven admitido en la Escuela Nacional de Cine de Dinamarca. Y desde allí empezó a gestarse como el agitador que se daría a conocer.

Después de la oscurísima y bien lograda “La caza” (2012), Thomas Vinterberg apela a su memoria para armar la comedia dramática “La comuna”, escrita junto a un colaborador habitual, el también director Tobias Lindholm (nominado al Óscar de este año por “A War”), y presentada en el Festival Internacional de Cine de Berlín, donde compitió por el Oso de Oro. Desarrollada en los años 70 en Copenhague, una familia compuesta por Anna (Trine Dyrholm), Erik (Ulrich Thomsen) y su hija adolescente Freja (Martha Sofie Wallstrøm) decide fundar una comuna en la enorme villa que Erik recibe como herencia.

En un hotel de la capital alemana, Thomas Vinterberg cuenta que el haber crecido en una comuna le proporcionó el punto de partida para entretejer las historias de sus personajes, así como para retratar con cierta fidelidad el ambiente donde se desenvuelven. Sin embargo, esta no es su historia real, o al menos eso es lo que asevera.

¿Cree que cuando la gente lee el título de la película y que se desarrolla en los 70 espera algo totalmente diferente?

[Se ríe] Todo el mundo espera cosas increíbles, es que la gente se hace muchas fantasías de lo que puede ocurrir en una comuna, como que sus habitantes andan desnudos por la casa, o que tienen un cuarto para orgías, o que se mantienen fumando marihuana… Lo que puedo decir es que como espectador tienes que preguntarte qué es lo que esperas de una familia. La comuna donde viví era bastante burguesa, eran académicos como periodistas, profesores, filósofos, maestros de escuela, escritores desempleados… Era un ambiente muy decente, sin embargo era una comuna, y cuando te mudas a una casa para vivir con toda esa gente, por supuesto que pasan cosas. La diferencia entre lo que quieres mostrar y esconder del mundo, desaparece. ¡Todo sale! Y ese es el sentido de unidad, porque se juntan personas muy diferentes entre sí con un sentido de familia bastante fuerte.

¿Cómo fue su experiencia personal?

Viví en una comuna durante 12 años (desde los siete hasta los 19), y en los 70 era algo muy inspirador porque eran personas que se sentían “sexis” por el hecho de romper con ciertas normas sociales, por destrozar el núcleo tradicional de una familia para mudarse juntos a zonas bastante pudientes de Copenhague. Sin embargo todo se trataba de compartir, la persona que ganaba más sugirió pagar la renta de acuerdo a los ingresos de cada uno. Alguien así ya no existe más. Diez años más tarde en la misma casa, con la misma gente, ya había tres familias, y no se querían mudar porque les gustaba el jardín. La vida en la comuna cambió con el tiempo, lo de compartir fue transformándose porque no es lo mismo pagar una botella de agua mineral que una de vino, así que en cuanto a los gastos se volvió más preciso. Antes era muy diferente, y quise compartir esa experiencia.

¿En qué ha cambiado el concepto de una comuna?

Existen muchas comunas en Copenhague debido a la escasez de viviendas, y son sobre todo jóvenes quienes viven en pisos compartidos, pero más bien por razones prácticas, porque si echas un vistazo en el refrigerador, te vas a encontrar con compartimentos debidamente identificados para cada habitante. En los 80 aparecieron el individualismo, la libertad del individuo y el derecho a la privacidad, son grandes virtudes, y se optó por quedarse con ellas. Cada vez más la gente decide vivir sola, es que hasta existen parejas que viven cada uno por su lado. De manera que una comuna contemporánea tiene motivaciones prácticas, mas no ideológicas, ni mucho menos constituye un proyecto sincero.

¿Siente usted nostalgia hacia el pasado?

Sí que siento una especie de anhelo. Echo de menos aquellos años, la versión de una comuna de 1975. Fue fantástico, y siendo un niño todos los días vivía un cuento de hadas. Sin embargo hice este filme para establecer una confrontación ante el hecho de que la gente muere, se divorcia, que todos podemos ser reemplazados, pero también ante la certeza de que te haces mayor, y que por eso otro ocupará tu lugar. Todos esos aspectos bonitos, brutales y cínicos de nuestra sociedad se confrontan en esta película, pero no con nostalgia, sino más bien francamente.

¿Cuánto se puede encontrar en este film de su propia experiencia a la hora de vivir en una comuna?

Es difícil de responder. Hice lo posible para que “La Comuna” resultase bastante personal pero no privada. Hay muchas anécdotas que las extraje de mi vida, de hecho tuvimos en casa un tío que recogía lo que dejábamos mal puesto o tirado para quemarlo en una fogata, recuerdo que me quemó unas zapatillas [risas]. Sin embargo califico este filme como “ficción”. Primero fue una obra de teatro que se representó en Viena, y que consistía en historias dramatizadas e improvisadas por actores austriacos y alemanes. De manera que se trata de una ficción, y no está basada en una historia real, sino en sentimientos verdaderos.

Trine Dyrholm (la protagonista) ha contado que les dio a los actores mucha libertad, además de tomar en serio sus aportaciones, ¿es ese el secreto para obtener lo mejor de sus intérpretes?

En el caso particular de Trine es cierto. Trine tiene un rol muy importante en este filme, el cual atraviesa por situaciones extremas realmente dolorosas. En condiciones reales a nadie le gusta hablar de las mismas. Para esta interpretación necesitábamos un fundamento completamente sólido para que ella dejara emerger su personaje, y eso puedes tenerlo de forma natural en la medida en que estás bien preparado. Además su personaje estaba muy bien desarrollado en el guion, y poseía todo el poder para abordarlo, le aportó muchísimo y el resultado es extraordinario.

Con esta película no solamente vuelve a trabajar en Dinamarca sino también en una forma que recuerda a «La celebración». ¿Hay algo de nostalgia?

Cuando dirijo un material que no he escrito, siento una liberación, porque al fin y al cabo sientes mucha presión cuando haces una película con tu propio material. En una película danesa de autor eres el rey, pero en una producción estadounidense como “Lejos del mundanal ruido” (2015) eres un miembro más, lo cual es una cosa comunal, y es que ni tienes en tus manos la edición final de tu trabajo, cosa que también disfruto mucho. Desde el punto de vista creativo me atrae la ligereza que lleva implícita, lo cual me hace profundizar en otros aspectos. A veces me ofrecen muy buenos guiones, y allí veo un vehículo para hacer posibles mis sueños como realizador, porque tengo la posibilidad de crear personajes y situaciones que perduran en la memoria del espectador. Creas vidas, y el público se puede ver reflejado en ellas o las puede rechazar, da igual, porque lo importante es que creas esas vidas. Soy consciente de que he tenido más éxito trabando en mi propio territorio, rodando películas danesas, pero a veces se me presentan oportunidades para trabajar allí fuera, con historias escritas por otras personas, para lo cual estoy muy abierto.

¿Es importante para usted trabajar con las mismas personas? ¿Se trata de tener un sentimiento de familia?

Sí. Es importante, te da vida. Pero tan fantástico como es, también es claustrofóbico. Por eso suelo trabajar en otros ambientes de vez en cuando, como por ejemplo mi próximo filme, “Kursk” (con Colin Firth y Matthias Schoenaerts), que será sobre un submarino. La continuidad y constancia entre las personas significa mucho para mí, pero también puede abstraerte. Sucede lo mismo en una comuna, la gente tiene que esforzarse, y si te acostumbras a ellos, llega un momento en que tienes que separarte. Eso mismo puede ocurrir en un matrimonio, al menos así lo creo.

Esta es la tercera colaboración con Tobias Lindholm (co-guionista de «Submarino» (2010) y «La caza» (2012) ). ¿Cómo nació esta relación y cómo trabajan juntos?

Somos amigos muy cercanos, tal como nuestras familias. Constituimos un equipo, y veo en Tobias un modelo a seguir, es muy bueno en cosas en las que soy un desastre [se ríe]. Juntos desarrollamos estrategias y planes; luego cada uno trabaja por su lado, y cuando tenemos unas 10 páginas listas, nos las enviamos, hacemos comentarios, y las reescribimos. Nos intercambiamos de lugar todo el tiempo, en cuanto a que a veces uno escribe la trama principal, y el otro las subtramas. Ese es nuestro modo de desarrollar un guion. Nos gusta la idea de ser algo parecido a (Ernest) Hemingway, con mucho tiempo a disposición, con bastante alcohol y sentados en nuestros escritorios [risas], pero no es así ya que trabajamos en donde sea, como en aviones, en cafeterías, en festivales de cine… Estamos constantemente persiguiendo un objetivo, y en movimiento.

¿Qué percepción tiene hoy en día de Dogma 95?

El concepto de Dogma fue fantástico, porque desde el punto de vista artístico constituyó un gran motivador, como realizadores nos hizo consecuentes y valientes. Sin embargo llevaba en sí un riesgo, un peligro. Recuerdo que hubo gente que me gritó en mi cara que destrozaría mi carrera, que tenía que desechar esos preceptos. Es que Dogma era muy arriesgado, suicida, constituía toda una revuelta, y por eso mismo fue un éxito. Luego todo pasó, ya no era un reto, todo el mundo quería hacer “películas Dogma”, y en mi país llegó un momento en el que podías comprar “muebles Dogma” o “alimentos Dogma” que era una caja casi vacía [risas]. De repente nuestra forma de hacer cine se convirtió en un estilo, en una marca, y entonces por desgracia tuvimos que desecharlo y continuar con nuestro camino. Y digo “por desgracia” porque para nosotros fue una gran diversión. Lo que me quedó fue la ambición de hacer películas lo más puras y desnudas posibles, así como polémicas. Eso es lo que aún intento hacer.