EL CINE ESTATAL BUSCA RECONCILIARSE CON EL GRAN PÚBLICO CON UNA GALA ASÉPTICA
NI DISCURSOS INCÓMODOS NI REIVINDICACIONES. CLAUDICANTES ANTE QUIENES CREEN QUE ESTE TIPO DE PROCLAMAS EN LOS GOYA ALEJAN A LOS ESPECTADORES DE LAS PELÍCULAS ESPAñOLAS, LA INDUSTRIA PREFIRIÓ LANZAR UN GUIñO CÓMPLICE A SU PÚBLICO POTENCIAL.

¡Queremos seguir haciendo público! Ese fue el grito final con el que el cómico Dani Rovira (que actuó como maestro de ceremonias por tercer año consecutivo), cerró una gala de entrega de los Goya que huyó de cualquier polémica y apostó abiertamente por el consenso. Incluso cuando se asumieron aires reivindicativos se hizo sobre argumentos que, lejos de generar conflicto, suscitan unanimidad, como el deseo de avanzar hacia una dignificación de las condiciones laborales y hacia la igualdad de oportunidades profesionales entre hombres y mujeres.
Así que, de cara a sacar músculo y a tender puentes con la audiencia, nada mejor que tirar de datos para proclamar que en cinco de los seis últimos años la película más taquillera ha sido una producción española o poner el enfásis en el reconocimiento internacional que atesora el cine estatal. Todo ello con el objetivo de articular una complicidad con el gran público que permita a este valorar, querer y apoyar a su cine poniendo, de paso, tierra de por medio ante polémicas como la que rodeó el estreno de “La reina de España” de Fernando Trueba, película que fue utilizada como punta de lanza para la enésima petición de boicot al cine estatal atendiendo a unas declaraciones de su director donde este negaba sentirse español.
Bayona y el cine de consenso
En este contexto no es de extrañar el triunfo de J.A. Bayona quien con “Un monstruo viene a verme” logró nueve de los doce Goyas a los que aspiraba. Se le resistió, eso sí, el de mejor película, algo comprensible si atendemos a que la suya es una producción de 25 millones de euros respaldada por Telecinco y que con el galardón al mejor filme del año, la Academia gusta de premiar el esfuerzo de productores a la vieja usanza, capaces de hipotecarse y de sacar dinero debajo de las piedras para levantar proyectos en los que se implican personalmente. Tal es el caso de Beatriz Bodegas, productora de “Tarde para la ira”. La ópera prima de Raúl Arévalo, pese a atesorar solo cuatro premios, se convirtió en la gran vencedora de la noche y en el primer filme (desde 2010) que se impone en los Goya sin haber pasado por Zinemaldia.
Pero volviendo a Bayona, su reconocimiento por parte de la Academia cabe interpretarse como una apuesta por un tipo de cine acrítico y escasamente conflictivo, irreprochable desde el punto de vista técnico y de clara vocación popular. Un tipo de producción solvente, que genera empleo para los profesionales del sector y que conecta con el gran público. La ecuación perfecta. El propio cineasta reconocía ante los medios, tras recoger el Goya al Mejor Director, que «ojalá todas las películas españolas pudieran hacerse en estas condiciones, pero actualmente la producción está muy polarizada y es muy difícil rodar filmes de clase media». Entre los galardones de “Un monstruo viene a verme” destacó el Goya a la mejor música original que recibió el compositor getxotarra Fernando Velázquez. Él fue uno de los pocos que aprovechó su discurso para destacar el valor de lo público al dedicar su premio «a la escuela de música de mi pueblo, a la Orquesta Sinfónica de Euskadi, al Orfeón Donostiarra y, en general, a todas las orquestas públicas que tenemos en este país, que hacen una labor maravillosa».
Aunque menos representado que en otras ediciones de los Goya, el cine vasco demostró el buen momento por el que atraviesa copando categorías como la de música original o película de animación donde “Psiconautas”, producida por Basque Pictures, se hizo, finalmente, con el Goya, momento que aprovecharon sus responsables para reivindicar el papel «de todas los productoras territoriales e independientes que hacemos cine desde la periferia».
Poco más dio de sí una gala que, en la búsqueda de consensos, transcurrió sin sobresaltos pero también sin emoción y donde únicamente el insólito (y merecido) doblete de Emma Suárez como Mejor Protagonista (por “Julieta”) y Mejor Actriz de Reparto (por “La propera pell”) se salió de lo previsto.

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