Calmando a la bestia

El todoterreno Michael Caton-Jones ha querido explorar los terrenos del drama social de la peor manera posible, apostando por un discurso tan sensiblero que a ratos provoca enfado.
No le hubiera venido nada mal a este artesano escocés, capaz de rodar productos tan estimables como “Vida de este chico” y tan incomprensibles como “Instinto básico 2”, haber repasado la mucho más coherente filmografía de Ken Loach y haber los fundamentos éticos y morales que debe conllevar un intento por plasmar en la gran pantalla un conflicto social sustentado en personajes de carne y hueso. El punto de partida adoptado por el firmante de “Rob Roy” no es nada malo, ya que sitúa la trama en un contexto explosivo que recrea las protestas que en el año 2011 se vivieron en Gran Bretaña a raíz del asesinato de un ciudadano negro a manos de la policía en Tottenham.
Este punto de partida, una escenografía combativa, tensionada al máximo y que incluyó episodios duramente criticados ya que parte de estas movilizaciones, fueron aprovechadas para saquear tiendas de artilugios tecnológicos de última generación, no es más que una simple excusa para que Caton-Jones centre todo su interés en los desencuentros de dos adolescentes marginales y la muy dispar relación que mantienen con una socióloga.
El discurso social salta en pedazos en cuanto la música toma el timón de la película y asoma esa faceta redentora que siempre se asocia a los compases sonoros que tienden a calmar a la bestia que todos llevamos dentro y que se personifica en el talento artístico que tiene una de las dos protagonistas.
Si los mimbres del proyecto resultan muy respetables, lo que cobra forma en la pantalla se transforma en un producto edulcorado que juega con las emociones en beneficio de un desarrollo acomodado y fácilmente digerible.

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