Víctor ESQUIROL
MOONLIGHT

Bañado en la pálida y dorada luz de la luna

Con la carrera de los Óscar llegando a la recta final, nuestra cartelera hace lo de siempre. Como los malos alumnos, se pone las pilas a última hora y completa, sobre la bocina, la parrilla de todas aquellas películas que el próximo 26 de febrero optan a los máximos honores de la Academia americana. Una semana más, y ya van tres consecutivas, toca hablar en clave de premios. Y es que “Moonlight” forma, junto a “Manchester frente al mar”, ese escuálido frente de resistencia al fenómeno “La La Land”. No nos engañemos, las posibilidades de las cintas de Kenneth Lonergan y de Barry Jenkins (la que ahora nos ocupa) frente a las de Damien Chazelle, son más bien reducidas, pero de momento, nunca está de más recordar que de ilusión también se vive... más aún teniendo en cuenta que, una vez cruzado el umbral del apocalipsis made in Donald Trump, Hollywood puede mandar al mandatario un potente mensaje de reivindicación racial, limpiando de paso, el escándalo del año pasado concerniendo la poca representación afroamericana en dichos galardones.

En fin, que los Óscar rara vez pueden separarse de las inquietudes sociales y políticas del momento... como sucede, de hecho, con esas películas que no renuncian a una de las funciones más necesarias del séptimo arte, esto es, convertirse en espejo de aquellas realidades mas incómodas. Barry Jenkins, director y guionista de la cinta en cuestión, se atreve precisamente con uno de los mayores tabúes en la comunidad negra estadounidense: la homosexualidad. Lo hace con un dominio de la técnica fílmica sencillamente apabullante y haciendo siempre gala de una inteligencia emocional si cabe más admirable. Ante el drama del estigma social, control absoluto de la emoción: contención, sobriedad y elegancia. Atípica combinación, interesantísima... quién sabe si, además, vencedora.