Víctor ESQUIROL
CRÍTICA «T2: Trainspotting»

Atrapados por su pasado

Renton y Sick Boy lo tenían claro: en toda la historia de Escocia no había nadie que hubiera llegado a molar tanto como Sean Connery. No era para menos, el hombre había lucido como nadie el smoking de James Bond. Enfundado en él, había salvado el mundo en incontables ocasiones y se había llevado a la cama a las mujeres más despampanantes del planeta. Todo bien; todo impresionante en su historial... hasta que se hizo mayor, ganó el Oscar y claro, dejó de molar. Estaba escrito. Ley de vida; de esto no se puede escapar.

Del mismo modo, cuando Danny Boyle anunció que volvería a juntar a la troupe de heroinómanos más famosa de Edimburgo para una secuela, veinte años después, del título de culto de los 90, ‘Trainspotting’, la noticia se acogió con una extraña e incómoda mezcla de sensaciones. Entre la esperanza (la que surge con la promesa de reencontrarse con esos seres queridos a quienes perdiste la pista) y el temor (por comprobar que ellos, al igual que tú, han envejecido). Así se saldó la experiencia. ‘T2: Trainspotting’, libre continuación adaptadora del material literario de Irvine Welsh, cumple a nivel epidérmico del mismo modo en que lo hace cualquier farra de fin de semana, pero debajo de la piel, deja con cierto pesar. Un regusto amargo que, no obstante, despierta (quizá involuntariamente) lecturas muy interesantes.

«Nos hacemos viejos y dejamos de molar». Dicho así, parece simple, incluso inofensivo, pero nada más lejos de la realidad. Esta máxima de la primera ‘Trainspotting’ es el eje vertebrador de su segunda entrega, réplica satisfactoria pero a todas luces menor. En parte por el kilometraje (y consiguiente aburguesamiento) con el que el equipo artístico llega a la cita. Se esfumaron las ganas de innovar, de zarandear, de violentar... Queda, eso sí, la gloria de antaño, así como el –estimulante– diálogo entre presente y pasado, esa droga tan adictiva.