2017/03/05

Raul Zibechi
Periodista
El feminismo en el centro del escenario político

Este 8 de Marzo se han convocado paros en varios países, medida que es apoyada en algunos casos por el movimiento sindical. Ningún sector político, aun los más conservadores, permanece ajeno a los debates que plantean las mujeres

Las ideas feministas y las demandas de los movimientos de mujeres han desbordado los cauces tradicionales y, por lo menos en América Latina, se han instalado en el centro del escenario político marcando la agenda de gobiernos y partidos. Este 8 de Marzo se han convocado paros en varios países, medida que es apoyada en algunos casos por el movimiento sindical. Ningún sector político, aun los más conservadores, permanece ajeno a los debates que plantean las mujeres.

En este notable cambio, que se ha vuelto visible en los últimos años, inciden dos hechos. Por un lado, la terrible realidad de los feminicidios y de la violencia doméstica, desde México hasta la Argentina. Una parte sustancial de los 200 mil muertos que dejó hasta ahora la «guerra contra las drogas» en México, que es en realidad una guerra contra los pobres y los pueblos, son mujeres, cuyos cuerpos aparecen a diario mutilados en todos los rincones del país.

En Argentina hemos asistido con horror a varios casos de asesinatos previa violación con empalamiento de mujeres jóvenes, en particular en el norte donde reina y gobierna una clase que ostenta modos feudales, una cultura que siente que los seres humanos son rehenes de sus caprichos. Ni qué hablar de las mujeres pobres, empleadas domésticas mal pagadas y peor tratadas por los señoritos de la tierra y el poder.

La violencia doméstica, sobrellevada en silencio por millones de mujeres, se ha convertido en poco tiempo en materia de debate y denuncia, y es junto a los feminicidios una de las espoletas del activismo de los movimientos de mujeres. En varios países se suceden las llamadas «alertas», concentraciones ante cada asesinato que están impidiendo que los medios los pasen por alto y los arrinconen en la crónica roja como sucedió durante tanto tiempo, cuando se los consideraba «crímenes pasionales».

El segundo hecho es el crecimiento notable de los movimientos feministas y de mujeres. Se trata de un proceso acumulativo que viene afirmándose desde hace por lo menos una década y que registra –como una de las tendencias más notables– la mutación del viejo feminismo de la década de 1980, impulsado por mujeres universitarias blancas. Ahora observamos una proliferación de feminismos, negros, comunitarios, indios, populares, con fuerte presencia de jóvenes.

En cualquier actividad del movimiento se puede apreciar un claro rejuvenecimiento, donde la voz cantante la llevan a menudo mujeres de 14 a 20 años, muchas de ellas artistas, teatreras, danzantes, músicas, que realizan fabulosas performances en las marchas y concentraciones.

El feminismo no sólo ha crecido sino que se ha diversificado. Por un lado, es más plebeyo, más de abajo. Por otro, ya no se trata sólo de ideas, programas y reivindicaciones, sino de una fuerte impronta artística-cultural, que le imprime a las acciones una potencia de piel que antes no tenían. Quizá el caso más interesante sea el de Argentina.

En octubre pasado se realizó el 31° encuentro nacional de mujeres en Rosario, con una asistencia de 70 mil mujeres y con una marcha multitudinaria al cierre de los tres días de debates. Los treinta encuentros anuales anteriores fueron siempre auto-organizados, rotando siempre entre ciudades de acogida donde los grupos locales se encargan de toda la organización del evento. Hasta hace tres o cuatro años participaban entre 10 y 15 mil mujeres, cada vez con mayor presencia de barrios populares. Cada encuentro tiene plenarias y una enorme cantidad de talleres que puede proponer y organizar cualquiera de las asistentes.

El encuentro de Mar del Plata en 2015 fue un parteaguas ya que participaron 60 mil mujeres, así como en la enorme marcha “Ni Una Menos” en junio de ese año, a la que asistieron 300 mil personas sólo en Buenos Aires y una cifra imposible de manejar en las otras 80 marchas que hubo en todo el país. Hasta la Iglesia Católica se vio en la necesidad de marcar presencia.

La masividad que ganó el movimiento en toda la región hizo que las instituciones decidieran volcarse en la organización, buscando no perder pie. Sobre todo las ONGs de mujeres y de derechos humanos, los institutos de mujeres de los gobiernos, y un sinfín de instituciones de todo tipo. Más allá de la buena voluntad que inspira a algunas, es evidente que buscan reconducir un movimiento que ha conseguido desbordar a las elites de mujeres incrustadas en las instituciones.

El caso de Chile es uno de los más elocuentes. Una camada de mujeres se posicionaron al retorno de la democracia, a comienzos de la década de 1990, a caballo de los gobiernos de la Concertación Democrática, desplazando a las mujeres de los sectores populares que habían resistido la dictadura desde sus barrios poniendo en pie ollas populares, cooperativas y centros sociales. Los dos gobiernos de Michelle Bachelet (2006-2010 y desde 2014) permitieron a este feminismo elevarse a los más altos cargos estatales. Pero la fuerza de los movimientos las deslegitimó en muy poco tiempo, en un proceso que se denominó «bancarrota del feminismo cupular» (El Mostrador, 20 de setiembre de 2016).

Según la politóloga Eda Cleary, el feminismo cupular es doblemente clasista y subalterno al patriarcado, «porque las mujeres ingresaban a las estructuras del poder para competir en los términos definidos por el orden patriarcal». Irrumpió con el progresismo de la Concertación «una generación de recambio feminista con fuertes rasgos oportunistas y paternalistas que aspiraba a reemplazar a sus ‘jefas’ mediante la adopción del discurso feminista sin práctica política ni social».

En la realidad no hubo cambios de fondo en la situación de las mujeres. El único cambio real fue el ascenso social y político del feminismo cupular, cuyas integrantes se incrustaron rápida y cómodamente entre las élites clasistas de Chile. Algunas demandas históricas de las mujeres, como el derecho al aborto, debieron esperar 27 años de gobiernos democráticos para ser tratado en el parlamento, mostrando la escasa incidencia de este feminismo.

Este desempeño de los movimientos de mujeres en la región, con sus propios tiempos y modos, no es muy diferente del que vienen registrando los movimientos negros, indios y populares: un lento y persistente crecimiento desde abajo, desbordando los muros institucionales que se erigieron desde la Conferencia de Beijing en 1995. Esa tupida red de instituciones y ONGs con afán domesticador, está siendo agrietada por los nuevos feminismos.

Esta «lucha dentro de la lucha», como la denomina la mexicana Raquel Gutiérrez, parece estar apuntado hacia «un torrente específico y autónomo con horizontes subversivos propios»*. Para que ese horizonte anticapitalista pueda crecer y consolidarse, sería necesario el concurso de los varones no violentos y antipatriarcales, como señala la propia autora. Juntos podríamos lograr que la reproducción material de la vida social, se convierta en «clave y punto de partida de las transformaciones políticas y económicas posibles y deseables».

*Raquel Gutiérrez, “Las luchas de las mujeres: un torrente específico y autónomo con horizontes subversivos propios”, Contrapunto N° 5, Montevideo, noviembre 2014.