Koldo LANDALUZE
CRÍTICA «Bella durmiente»

La ruptura de los sueños

Considerado por muchos como un pionero del cine independiente en el Estado español, el madrileño Adolfo Arrieta ha irrumpido en la cartelera con un nuevo proyecto muy personal.

Si bien su obra no es muy conocida, Arrieta ha desarrollado buena parte de su obra en el Estado francés y ha destacado sobre todo con una serie de producciones minimalistas y de ensayo en las que asoma un toque de poética surreal que bebe de fuentes tan referenciales como las de Jean Cocteau.

Dicho esto tampoco sorprende que Arrieta haya optado por asomar de entre las sombras del olvido con una producción que, al igual que Cocteau hizo con su magistral “La bella y la bestia”, bebe de las fuentes del cuento clásico. En este sentido, merece la pena visionar un proyecto tan insurgente y arriesgado como el que plantea el realizar sobre todo en estos tiempos en los que los cuentos clásicos son reconvertidos por la industria de Hollywood en blockbusters de consumo rápido en los que el encanto primitivo de los originales es suplida por efectos digitales y tramas que reinventan lo que no es necesario.

La “Bella durmiente” que nos propone Arrieta es una simpática rareza en la que se actualiza el cuento de los hermanos Grimm y traslada la acción a los tiempos actuales, a un siglo XXI en el que despierta la joven protagonista en un reino de Letonia inexistente y un príncipe que suspira por convertirse en una estrella de rock a golpe de batería. Por el camino topamos con un toque de fantasía que otorga relevancia a los detalles de lo cotidiano y detectamos atinados toques de crítica hacia una sociedad enferma, inmersa en pleno consumismo y vampirizada por los productos de marca.

En cuanto a la apuesta visual, el filme se descubre como un encadenado de encuadres que a ratos no parecen ser los más oportunos para expresar lo que dicen sus personajes y cuenta con el refuerzo de una fotografía tendente a ser relacionada con aquellos fotogramas de tonalidades añejas y bordes quemados.

Si bien el conjunto resulta irregular, el veterano cineasta elude la ampulosidad y se ampara en un discurso tan evidente en sus intenciones que a ratos resulta excesivamente plano.