Anti-héroes fuera de órbita
E stá Álex González apoyado en la barra de un puesto ambulante de noodles. Su posado es melancólico y su actitud hacia cualquier persona delata un odio inconfundible hacia el género humano. Así, en general. El plano se va abriendo a medida que los fideos entran en su boca, y nos damos cuenta de que la escena está iluminada por unas luces de neón callejeras, en forma de kanji japonés. El asfalto está empapado a causa de una lluvia que no ha parado de caer, de forma torrencial, desde el primerísimo fotograma.
Es solo una de las muchas escenas de “Órbita 9” que despiertan una sensación tan fuerte de déjà vu que cuesta horrores detectar algún elemento en su propuesta que huela mínimamente a novedad. El principal problema del primer largometraje de Hatem Khraiche no es el del excesivo referencialismo a títulos ante los cuales queda siempre en evidencia (“Blade Runner”, “Moon”, “La isla”...), sino el de la incapacidad para juntar tanto material y crear algo que tenga un mínimo de interés y/o sentido. No es así, y para colmo, la película comete el último y fatal error de tomarse en serio a ella misma, lo cual no hace más que ahondar en lo absurdo del lazo que une aquí el romance con la ciencia-ficción.

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