Con Kaurismäki siempre hay esperanza

N o importan las malas vibraciones que pueda levantar un festival; tampoco lo mal que el cine le haya tratado a uno últimamente. No importa tampoco la poca fe en el ser humano con la que nos haya dejado cualquier telenoticias o periódico. Todo esto desaparece cuando estamos en compañía de los grandes maestros, aquellos que nos recuerdan que el arte es razón suficiente para ver el mundo con otros ojos.
Y ahí estábamos, en el Festival de Berlín, amedrentados por el funesto recuerdo de la infumable edición de 2016; deprimidos por los recordatorios que la propia organización del certamen nos mandaba con respecto a determinadas tragedias tan reales como la vida misma... Hasta que apareció el gran Aki Kaurismäki, y todo mejoró. Y esto que su nueva película trata sobre el gran drama de nuestros tiempos. Esto es, la crisis de los refugiados, reflejada aquí en las desventuras de un exiliado sirio en Finlandia. Contexto que invita a la lágrima, sí... pero también a la risa. No por desprecio, sino por cómo el cineasta finlandés entiende, de nuevo, que en las peores circunstancias es cuando más reluce la pureza de la bondad humana.

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