Atrapado en el momento

En el fragor de la enésima discusión con su pareja, una duda se paseó por el cerebro de Youngsoo: Esto que estaba sucediendo en este momento, quizás ya lo había vivido antes. Es más, todo lo que le llevó a esta situación, así como todo lo que iba a suceder en los próximos días, estaban en el mismo y desconcertante saco. Esto es, un déjà vu que no se sabía cuándo había empezado; mucho menos cuándo iba a terminar.
La escena, así como la reflexión, están sacadas de “Lo tuyo y tú”, aunque lo cierto es que podrían salir de prácticamente cualquier otra película de su autor, un Hong Sang-soo cuyo vertiginoso ritmo productivo (hace dos o tres películas al año) no repercute en un estado de inspiración sublime, el cual, como todo en esta historia, ya no se sabe ni dónde comenzó ni dónde acabará. Para muestra, este su penúltimo film, Premio a la Mejor Dirección en el último Zinemaldia, merecido reconocimiento a uno de los autores más geniales de nuestros tiempos.
En esta ocasión, como en las anteriores, la acción transcurre principalmente en bares en los que emborracharse y camas en las que experimentar el choque de sensaciones del sexo culpable. La razón, cómo no, se concentra en una serie de aferes más o menos románticos, ideales para que la comedia y el drama hagan el amor. En apariencia, algo tan simple como fascinantemente complejo, tanto en la construcción como en la presentación. Pocas obras fílmicas requieren tanto la noción nítida del todo para poder entender cada uno de los trozos que la componen. Youngsoo no entendió que estaba atrapado en la misma situación, no en el mismo momento. Hong Sang-soo, por su parte, nos regala otra pieza para seguir perfeccionando su inimitable fórmula cinematográfica. Aquella que bajo una alegre y despreocupada fachada, esconde un artificio que nos hace replantear hasta el sentido primigenio del primer plano. Es cine; es puro amor.

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