Clasicismo vienés y un clásico escandinavo
Mozart fue uno, único e irrepetible, aunque luego estén los aspirantes a Mozart en cada país y latitud. Si nuestro “Mozart vasco” fue Arriaga, en Escandinavia tienen a su “Mozart sueco” en Joseph Martin Kraus, estricto contemporáneo del Mozart original, cuya música fue escogida por la Orquesta Barroca de Helsinki para abrir su presentación en Donostia. Su “Dido y Eneas” destacó por el soberbio colorido que extrae de los instrumentos de viento y un lúdico sentido del ritmo, pero acto seguido llegó el genuino Mozart y puso a Kraus en su sitio. Fue, en parte, gracias a la interpretación sobresaliente de Sophie Karthäuser, una de las cantantes mozartianas más reputadas del momento. En su voz afloraron todos los planos de las arias de concierto de Mozart: hubo lirismo y elegancia clásicas, pero también drama, fuego, dulzura y un dominio impecable del estilo.
Con la segunda parte llegó la “Primera sinfonía” de Beethoven, aún bien asentada en el Clasicismo. La idea de Jacobs de agrupar los instrumentos de vientos a un lado funcionó muy bien porque, de este modo, convirtió la sinfonía en una especie de concierto para banda y orquesta, un planteamiento coherente con lo que pudo perseguir Beethoven en esta partitura. Pero Jacobs no se quedó ahí, planteando una versión de tempos rápidos pero bien equilibrada, magníficamente fraseada y repleta de detalles inusuales.

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