«Los niños tienen el derecho de ser tratados como personas inteligentes»
Simón eligió el cine por el cruce de historias en su propia vida, «es que hay tantas y mi familia en tan grande, que siempre vi en todo eso muchas historias y personajes muy interesantes». Tras obtener grandes éxitos en el Festival Internacional de Cine de Berlín y en el Festival de Málaga, llega a las salas comerciales «Verano 1993», una de las mejores producciones nacionales en lo que va de año.

Carla Simón (Barcelona, 1986) cuenta en “Verano 1993” parte de su historia. Fue cuando siendo una niña de apenas seis años, su madre murió víctima del sida, causa por la que también había fallecido su padre pocos años antes.
Simón narra a través de Frida (maravillosamente interpretada por Laia Artigas) el momento cuando se vio huérfana, emprendiendo una nueva vida con sus tíos y prima, lejos de su entorno, en medio de la confusión, la tristeza y la soledad.
Antes de ganar la Biznaga de oro y el Premio Feroz de la crítica en Málaga, “Estiu 1993” (título original) ya se había hecho en la Berlinale con el premio a Mejor Opera prima, así como con el Grand Prix (ex aequo) en la sección paralela Generation KPlus, dedicada a producciones para público más joven.
Asimismo antes de concebir su exitoso debut en el largometraje, la realizadora catalana se había fogueado con cortos como los experimentales Women (2009) y Lovers (2010), realizados durante su estancia en la Universidad de California, así como con el documental “Born Positive” (2012), sobre tres jóvenes londinenses que nacieron con el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Luego vendrían “Lipstick” (2013), donde sigue explorando la muerte, y “Las pequeñas cosas” (2015), donde narra la relación entre una madre y su hija con acondroplasia – enanismo– filme de graduación con el cual obtuvo una distinción y viajó por numerosos festivales internacionales.
Aquella tarde invernal en la capital alemana, Carla Simón no se imaginaba todo lo que vendría días más tarde, aunque ya se sentía feliz a causa de las excelentes críticas y la muy buena acogida de “Verano 1993” tras la primera proyección en la Berlinale.
Ya en sus cortos había relatado pedacitos de usted, ¿por qué tomó la decisión de contar en esta película ese momento tan importante de su infancia?
La idea surgió un poco cuando terminé de rodar “Lipstick”, que era un corto sobre dos niños que se enfrentan a la muerte de su abuela. Entonces me di cuenta de que el tema de niños que encaran la muerte, evidentemente me tocaba muy de cerca, y me apetecía hablar de ello. A partir de estar estudiando en Londres, donde estás siempre rodeado de gente de todos lados, me pasó que eché de menos estar en casa, y busqué lo que me definía a mí, lo que te hace particular de alguna manera. Así que de forma muy natural surgió la idea de contar este primer verano con mi nueva familia.
Tomando en cuenta que se trata de una vivencia de la infancia, y que a veces los recuerdos juegan malas pasadas, ¿cómo fue trabajar con la memoria?
La primera versión del guion sí que me salió como muy de dentro, muy rápido, solo cogiendo los recuerdos, mezclándolos con lo que me contaban mis nuevos padres. Pero luego al leerlo, no había una estructura, eran como trocitos. Entonces al darle forma de película, fue más complicado a nivel de escritura de guion, y lo que hacía era darlo a leer mucho, a mi productora, por ejemplo, o en los varios talleres de guion que hice. Creo que este proceso de escritura me hizo ver la historia desde la perspectiva de los otros personajes, fue como aprender, pero sí es verdad que al final llegó un momento en el que ya no sabía qué era lo que me había inventado y qué no. Todo se mezcló (se ríe).
Durante el rodaje, ¿cómo fue confrontarse con el montaje de sus recuerdos?
Es muy difícil, porque constantemente tienes que gestionar tu frustración de que no esté saliendo exactamente como lo tienes en la memoria, o como esas imágenes que habías visualizado. Sin embargo, para mí era muy importante que las actuaciones de las niñas se sintieran reales, entonces se trataba de no fijar mucho las cosas a mi manera, sino dejar que fluyese de forma natural, y darles un poco de libertad. Claro, es verdad que es muy difícil, entonces tenía una lucha constante conmigo misma porque a veces no era lo que tenía exactamente en la cabeza, pero a lo mejor era más interesante lo que iba surgiendo. Esas niñas (Laia Artigas y Paula Robles, quien interpreta a Anna, la prima de Frida) daban mucho, entonces a veces me dije ‘olvídate del guion y vamos a rodar lo que está saliendo de ellas’. Hay que pensar que las niñas nunca leyeron el guion, así que el trabajo fue más bien en base a ideas que les proponía. Pero sí que fue difícil encontrar el equilibrio.
No es la primera obra que escribe en torno a las ballenas.
Hace unos años escribí “Euskal baleazaleak”, la historia de los balleneros vascos para narrador, coro, quinteto de viento y percusión. En ella se cuentan los momentos más importantes de la historia de los balleneros vascos, desde que comenzaron a cazar ballenas en el Cantábrico, luego en Terranova e Islandia, episodios como el de los 300 balleneros que murieron congelados, el robo de la técnica de caza por los holandeses, etcétera. Episodios de aventura, riqueza y muerte de la que fue la primera industria vasca a nivel europeo, ya que el aceite de ballena era el oro de los siglo XVI y XVII y los vascos, durante mucho tiempo, fueron los únicos que sabían cazarlas.
Asímismo usted plantea el derecho de los niños a saber la verdad de la muerte, en particular tratándose de sus padres.
Creo que los niños tienen el derecho de ser tratados como personas inteligentes, capaces de entender lo que significa la muerte, y un niño de seis años, lo es. Yo tenía esa edad y a mí me lo contaron de una forma que lo entendí. Para mí en la película era muy importante defender eso, de que por un lado los niños son capaces de entender el significado de la muerte, pero que también tienen la capacidad de adaptarse a nuevas situaciones, a veces mucho más que los adultos, que a lo mejor necesitan más tiempo. El proceso de adaptación era un tema muy importante para mí; lo de querer haber estado allí (en el momento de la muerte de sus padres) no era un recuerdo que yo tuviera, pero sí que es una cuestión que me he preguntado. En realidad no sé si tengo respuesta a si los niños deberían estar allí o no, pero sí creo que es bueno que ellos decidan, como darles la opción.
¿Qué le diría a una persona, tanto adulta como niño, que se enfrenta a una pérdida?
(reflexiona) Que va a necesitar mucho tiempo (se sonríe), pero eso no es malo. Hay que dejarse sentir, sobre todo. De alguna manera la película habla también de la imposibilidad de gestionar las emociones que a veces tiene un niño. Soy de las que aguantan las emociones, y a medida que he ido creciendo, te das cuenta de que cuando sientes, sientes, y tienes que dejar sentir. Pero claro, cuando eres un niño no sabes eso.
Tomando en cuenta que esta es una industria muy machista, ¿cómo se enfrenta una joven directora como usted al estreno de su primer largometraje?
Lo vivo desde dentro, y de verdad que nunca lo pienso tanto. Recién habíamos terminado la película, y cuando nos dieron la noticia de que había sido aceptada en el Festival Internacional de Cine de Berlín, nos pusimos hipercontentos. Es muy rara la sensación de haber estado trabajando en algo, sobre todo en la última fase sola con el diseñador de sonido y con el montador, y que de repente, tras la primera proyección esta película pase a pertenecerle a todo el mundo. En cuanto a ser joven y mujer, no tengo un discurso muy feminista al respecto porque lo he vivido de una forma muy normal y natural. Por casualidad, y no porque lo buscáramos, el equipo era muy femenino porque fue la gente con la que conecté. Yo no buscaba ni hombre ni mujer para trabajar conmigo. No sé si sea distinto, ya que no lo he vivido de otra forma, es que para mí ha sido trabajar y trabajar, y ya.
Hay quienes dicen que se debe ver más allá del género, pero luego en la realidad es otra cosa, ya que muchos de los proyectos de mujeres son rechazados.
No lo sé, por ejemplo, Valeria [Valerie Delpierre] es mi productora, y es mujer. Lo que sí creo es que las cosas van cambiando poco a poco en cuanto a que las mujeres nos formamos, vamos a escuelas de cine, igual que los hombres. A lo mejor donde hay que hacer más es en quién toma la decisión de qué películas se van a hacer, o a quién le van a dar el dinero, porque sí es cierto que en esa toma de decisiones hay muchos hombres, y para mí es importante que hayan voces femeninas que puedan valorar películas de mujeres o con personajes femeninos.
¿Qué tan determinante ha sido su experiencia en el extranjero, ver desde fuera su país y su entorno familiar?
Fue superimportante. Yo estudié Comunicación en Barcelona (en la Universitat Autònoma), luego aprendí muchísimo al ir a Londres a estudiar algo tan específico como Cine (en la London Film School). Aparte es eso, cuando estás lejos, echas de menos y le das más valor a lo que tienes, a tu familia, a tus amigos, y a tu sitio. Fue entonces cuando descubrí que iba a contar cosas que me tocaran de cerca.
A medida que estaba desarrollando «Verano 1993}, usted también se dedicó a impartir clases de cine a niños. ¿Qué le dejó esa experiencia?
Estoy metida en un proyecto muy bonito que se llama Cine en curso, que se da en Cataluña, Madrid, Galicia, y se va a abrir también en otros países. Consiste en ir a escuelas a enseñales el proceso de la realización durante el año escolar, y terminamos haciendo un cortometraje. Creo que es muy importante la educación en el cine, porque es muy fácil acceder a ciertas películas cuando eres niño, pero es más difícil acceder a otro tipo de cine. Lo que intentamos con Cine en el curso es plantear la posibilidad de una forma de pensar, aprender a mirar lo que les rodea. Los niños tienen que filmar el ambiente donde se desenvuelven, las historias siempre tienen que involucrar a un niño que va a su escuela, porque la intención es darle valor a lo que les rodea.
¿Por qué decidió convertirse en directora de cine?
Creo que fue a causa de las historias de mi entorno, es que hay tantas y mi familia en tan grande, que siempre vi en todo eso muchas historias y personajes muy interesantes. A mí me gustaba el cine, y cuando descubrí que quería hablar de eso, los dos elementos se unieron con mucha fuerza.
¿Qué quiere usted que la audiencia se lleve de Verano 1993?
Lo que quiero es que se genere una reflexión sobre lo que les he tratado de contar, y sobre todo que el público logre reconectarse con el niño que todos llevamos dentro.

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