Un viaje accidentado y sin pisar el acelerador

La cuarta entrega cinematográfica basada en la saga literaria de Jeff Kinney pone de manifiesto las carencias de una franquicia que parte del hándicap de haber tenido que buscar un relevo para el rol protagonista, siendo en esta oportunidad el chaval Jason Drucker el encargado de recoger el testigo legado por Zachary Gordon.
Este obligado cambio, debido a que los niños tienen la facultad de crecer, no figura entre lo más acertado de un producto que en contadas ocasiones logra conectar con las vitriólicas intenciones que asoman en el original literario.
El cineasta David Bowers asume por tercera ocasión consecutiva la filmación de una entrega que se conforma con no irritar en exceso a los fans del original literario, incluyendo diferentes ramalazos animados emparentados con las viñetas que engalanan las páginas del libro.
Dejando a un lado el poco carisma que demuestra el protagonista, merece una mención especial el reparto adulto en el que sobre todo Alicia Silverstone se nos descubre como una gamberra cualificada riéndose de sí misma en su rol materno. Los diferentes guiños a varias piezas maestras de Hitchcock como “Los pájaros” también enriquecen el contado listado de aciertos con los que cuenta un producto que se ve en la obligación de recurrir a un repertorio de “infalibles” chistes escatológicos y gestos caricaturescos para ganarse la simpatía del público infantil.
Poco o nada novedoso topamos en el accidentado periplo que narra esta comedia familiar, en la que el constante conflicto intergeneracional que asoma en cada kilómetro del viaje con destino a casa de la abuela, sigue siendo la principal excusa argumental que espolea los diálogos y situaciones que comparte la familia protagonista a bordo de un monovolumen que se transforma en imán para todo tipo de excrementos y epicentro de locuras musicales compartidas a ritmo de Spice Girls.

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