Smileys, diablos, bailarinas y boñigas; llega la película más odiada del año

A nivel fílmico, verano es esa maravillosa época del año en que las salas de cine se convierten en guarderías improvisadas. Los críos, libres de las ataduras del colegio, campan a sus anchas; los padres, pobres, no saben si asesinarlos o si suicidarse. Por aquello de ahorrarse dolores de cabeza con la justicia y con los servicios funerarios, se ha establecido, por consenso humano unánime, que es una opción mucho más civilizada concederse una tregua, y permitir que los pequeños terremotos se queden hipnotizados, durante al menos una hora y media, delante de una pantalla gigante.
Es el milagro del cine, entendido este como un garante de la paz social... El problema, eso sí, es que al adulto el destino le pide, una vez más, que haga de las tripas corazón y siga perfeccionando el poco agradecido arte de reprimirse. La historia, aplicada a la película que nos concierne, va así: por su naturaleza esencial de dibujo animado “Emoji: La película” promete ser un efectivo entretenimiento para el público de más tierna edad, pero atención, hay trampa. El film llega a nuestras salas con el dudoso honor de haber pulverizado todos los récords negativos en la valoración de la crítica.
En Estados Unidos la prensa especializada la ha masacrado sin piedad. En Europa, el recibimiento está siendo el mismo. Pero, ¿qué habrá hecho mal el director Anthony Leondis? Bien, por lo visto, el informe de daños no sabe ni por dónde empezar. A primera vista, destaca una animación por ordenador que no llega a los estándares mínimos exigibles a los grandes estudios. Pero el mayor mal de todos se encuentra en el propio concepto de la cinta. Esto es, tomar prestado de mala manera el espíritu de “Del revés”, de la Pixar, y “La LEGO película”, de la Warner, y llevarlo a un mundo tan incapaz de sostener una película como lo es, precisamente, el de los emojis.

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