Animal doméstico perdido en la jungla de asfalto

El antropomorfismo es el recurso más utilizado en la animación infantil, como medio para transmitir cualidades humanas a los menores através de los animales. “Rudorufu to Ippai Attena”, distribuida internacionalmente por la compañía Toho con el título de “Rudolf the Black Cat”, responde con exactitud a ese perfil humanizador. Tanto es así que su narrativa y ambientación recuerdan a otras películas japonesas de acción real protagonizadas por personajes de carne y hueso, como “El verano de Kikujiro” (1999), de Takeshi Kitano; o “Kiseki” (2011), de Hirokazu Kore-eda. Pero, sobre todo, al clásico del cine con mascotas de Seijirô Kôyama “Hachi-ko” (1987).
Sería mucho decir que “Rudof the Black Cat” es un cuento sobre la discriminación racial, pero sí que construye una alegoría sobre el hecho diferencial, siempre por medio de un lenguaje para niños y niñas de corta edad. Es más, cuando se asocia el color negro a los gatos, no se queda en una simple cuestión de pelaje, sino que se relaciona con la mala suerte y todo aquello que tenga que ver con la negatividad. Si Rudolf fuera un ejemplar grande seguramente daría miedo por su negrura, pero al ser tan pequeño y adorable despierta una enorme ternura, del todo contraria a cualquier asomo de ojeriza basada en supercherías.
El argumento coloca ya de entrada al gatito protagonista en una situación de indefensión que le hace todavía más vulnerable, en cuanto se pierde y se aleja de su hogar. El accidental viaje que le lleva desde Gifu a Tokio le precipita de bruces frente a una realidad urbana que desconoce, y es ahí donde surge la historia de amistad y de aprendizaje que dotan de valor a su aventura iniciática. Nuestro minino encontrará protección en la figura paternal de a quien en la versión original llaman Ippai Atena, un gato callejero que le descubrirá, bajo su aparente fiereza, el conocimiento secreto de la escritura humana.

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