Las posesiones que nunca terminan
E l cine de terror debe su mala salud actual a la repetición de temas recurrentes hasta la náusea, lo que hace que los seguidores más fieles del género sientan complejo de masoquismo. Si esto lo aplicamos a los que vuelven una y otra vez a ver películas sobre exorcismos, recitando el mantra de que ninguna alcanza la categoría del clásico de William Friedkin “El exorcista” (1973), dicha costumbre se vuelve preocupante por enfermiza e incurable.
Xavier Gens, al que muchos saludaron como un nuevo enfant terrible de los espantos cinematográficos, está ya más que domesticado y abonado a coproducciones internacionales de perfil bajo. Con “The Crucifixion” toca fondo, al mostrarse como un técnico más dispuesto a emplear los efectos de sonido para provocar sustos en un público más que predispuesto.
Visualmente, solo aporta un par de detalles en el diseño de escenas oníricas, si bien poco o nada puede hacer con un argumento trillado y un montaje criminal a cargo del productor. Es la enésima historia basada en hechos reales, que ni acierta a sacar partido de sus localizaciones en la Rumanía rural gobernada por los religiosos ortodoxos.

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