«Está escrito por el amor a la montaña, y para los amigos»
Suso Ayestaran es una persona muy modesta. Y, seguramente por ello, rehúye de las etiquetas que le han llevado a ser uno de los pioneros de la escalada en Euskal Herria. Pero, con todo nuestro derecho, no lo aceptamos. Junto a compañeros de cordada como Julio Villar, Rodolfo Kirch… realizó primeras ascensiones vascas como el couloir de Gaube, la sureste clásica del Midi d’Ossau o la noreste del Cilindro de Marboré. Acaba de publicar sus memorias de la mano del Club Vasco de Camping Elkartea de Donostia.
Desde el punto de vista deportivo, de sus escaladas y ascensiones a montañas más altas, no nos vamos a largar más, ya que, no todas pero si muchas significativas, las recoge en sus memorias. Desde el punto de vista subjetivo, el de este periodista, solo puedo afirmar que es una persona entrañable, cercana y muy querida. Tiene unas ganas increíbles (y gran determinación) de seguir caminando y escalando. Y a sus 81 años ya hemos hecho un plan, al que espero que no falle.
Las memorias que ha escrito son suyas, pero me tomo la libertad de afirmar que también son nuestras; las de todos los mendizales de Euskal Herria. Por lo tanto, Suso, gracias por este regalo.
"La cuerda y la maza", un título que sugiere que estamos ante un escalador. ¿Así te identificas?
A mí en la montaña lo que más me ha tirado ha sido la escalada. La cuerda y la maza eran para nosotros unos elementos fundamentales. Además, en aquella época no había otro material; bueno, unas clavijas mal hechas que las hacíamos nosotros. No era como hoy en día con los friends, fisureros, pies de gato… Por eso lo he titulado así. Escalador, pero también alpinista.
El subtítulo, en cambio, dice «un montañismo que se fue». Me parece muy nostálgico.
Es una época en la que me ha tocado vivir. Podía haber sido la actual, pero fue otra. Ese montañismo en el que casi no había refugios (guardados ninguno), te tenías que subir todo (la comida, el saco de dormir…); no había la infraestructura de hoy en día.
El espíritu también era diferente. Estábamos imbuidos por las lecturas de Rebuffat, Heckmair, Herzog, Terray… Yo creo que es un montañismo que se ha ido. No soy reacio a la evolución. Si hubiera nacido en esta época, estaría haciendo lo que hace la gente joven. ¿Nostalgia? Quizás porque ya soy más viejo. Añoro andar por aquel Pirineo solitario, sin las marcas de pintura de la actualidad.
Has citado a esos alpinistas y escaladores históricos. ¿Eso significa que no sigues a los actuales?
No, no me interesan. Estoy totalmente distanciado de lo que en la actualidad hacen otras personas. Y es que el montañismo ha tomado otras dimensiones. Me interesa más lo local, lo cercano, que lo de fuera.
Como se puede leer en algunos relatos de tus memorias, realizaste actividades punteras; todas ellas recogidas en la historia del montañismo vasco escrito por Antxon Iturriza. Como protagonista histórico, ¿cómo te ves?
Yo digo que si he hecho algo de un poco de nivel es porque he estado acompañado de compañeros de cordada de nivel. Con esos amigos podías ir a muchos sitios. Lo que sí iba era con una gran pasión. Una pasión que nació cuando tenía 15 años, con una ascensión al Txindoki.
No me considero protagonista de esa historia que dices. Yo desde siempre he escrito, y por eso han quedado reflejadas mis actividades. Como me gustaba escribir, me han tomado en consideración. Aquí en Euskal Herria gente muy fuerte, como no escribían, han pasado más desapercibos. Me parece injusto.
Bueno, sí hicimos primeras ascensiones vascas. Lo que pasa es que la mayoría iba a hacer cumbres normales, y la escalada no existía. Nosotros, a través de los libros de Arlaud, Passet y demás, sentimos la necesidad de ir a escalar, de ser en cierto modo pioneros. Ese fue el único mérito, romper con un montañismo tradicional que nos parecía demasiado local.
No es muy habitual que un personaje histórico como tú compagine su ocio con la escritura. Eres un gran lector y en tus diarios siempre has recogido las actividades que has hecho. ¿Qué te aporta la escritura?
Me aporta retener momentos que si no los escribo desaparecen; se convierten en ceniza. Mi libro es para los amigos, no es para estar en los escaparates de las librerías. Es un libro escrito por el amor a la montaña, y hecho para los amigos. Pero nada más.
Escribes relatos, pero también poesía.
Me gusta mucho la poesía; leo mucho. Con la poesía dices cosas profundas en pocas frases; situaciones que las sientes en el alma.
Estos relatos los has escrito mayormente en tu querida revista "Errimaia" del Club Vasco de Camping Elkartea de Donostia, y además, es el mismo club el que ha editado este libro sobre tus memorias. ¿Qué significa para ti todo esto?
El CVCE es el club de mis amores. Empezamos en la montaña gracias a este club. Bueno, antes también, pero como no teníamos dinero, participábamos clandestinamente en las actividades sin ser socios. Es a partir de los años 60 cuando me hice oficialmente socio del club.
En el periodismo decimos que lo que no está escrito no existe. En el libro dices algo parecido, «saber es recordar». ¿Recordar te mantiene vivo?
Es una frase de Sócrates, y estoy totalmente identificado con ella.
Tus relatos no empiezan de forma cronológica. El primer texto es un viaje a Bolivia de 1996. ¿Por qué?
Es un truco para enganchar al lector. Creo que ese relato puede enganchar más que el del couloir de Gaube, que es más técnico.
En este primer relato dejas muy claro que la actividad es importante, pero también el contacto con las gentes de esos lugares. En este caso con los indios, campesinos…
La verdad es que en general nos importa más lo propio que lo que sufren o viven esas gentes de lugares pobres, conflictivos… Pero la verdad es que tampoco podemos cambiar o influir. A mí siempre me ha atraído el contacto con dicha gente. Ahora como antes cada uno va a lo suyo, a subir el monte y poco más.
Antes de marcharte a Alemania hiciste tus mejores actividades como la ya citada de couloir de Gaube, Pitón Carré, sureste del Midi, norte de la Pique Longue… ¿Cómo las recuerdas?
Eras ascensiones bohemias, espartanas… con un mochilones de cuidado. Pero íbamos con una ilusión de la leche; y es que no éramos más que unos chavales. Las ganas de descubrir eran tremendas. Lo del couloir de Gaube fue una irresponsabilidad, meterse con aquellas condiciones en el corredor… ¡Lo escalamos con dos vivacs! Bueno, algunas primeras escaladas vascas las hicimos nosotros, y no otros.
Era algo más que afición, rozábamos con el fanatismo. Sí, teníamos el deseo de hacer esas primeras. Pero hoy en día ya he madurado y paso de ese concepto. Por lo tanto, ¡claro que he sido pecador!
Todas estas primeras las hicisteis cerca de casa. ¿Por qué no os dio por ir a cimas más altas?
Por cuestiones económicas. En aquel entonces yo solo tenía 20 días de vacaciones. No te voy a decir lo que suponía ir a los Andes, al Himalaya… Eso era imposible. La primera vasca a los Andes fue bajo el patrocinio de nuestra federación. Era un dineral. Ahora todo eso ha evolucionado de una forma bestial.
En la época que viviste en Alemania, escalaste con gente de la talla de Hasse, también conociste a Heckmair… Pero en tus memorias apenas haces referencia a esos compañeros de cordada.
También escalé con otros; con escaladores de la antigua Alemania Oriental, gente durísima. Pero, bueno, tampoco tiene importancia. Son personajes que aquí casi no dicen nada.
Vuelves a Donostia, y en ese momento justo es cuando empiezas a hacer expediciones a cimas más altas: Denali, Aconcagua, Ojos del Salado…
El Denali lo hice con 61 años. Fue de chiripa. Antes escalé el Aconcagua con gente de Amezketa. Luego me dijeron que iban al Denali con Takolo y Benantxio de Azpeitia. No iba a ir, pero me involucré en la expedición.
Más tarde te dedicas a un «montañismo familiar». Me llama la atención que con 79 años, junto a tu amigo Julio Villar, hicieras el corredor de la Moskowa en el Vignemale. Algún lector puede pensar qué necesidad tenías de hacer ese corredor a esa edad.
Lo escalamos por nostalgia. Como en el Vignemale lo teníamos casi todo hecho (las clásicas, claro está) y este corredor nos faltaba… Pues allí nos fuimos.
Antes de tu último capítulo, haces referencia a las montañas de casa. ¿Son las grandes olvidadas?
Así es, por eso lo pongo. Nunca podemos olvidar las montañas de casa. De aquí salimos. Somos gentes humildes que salimos del hogar y hemos tenido oportunidad de escalar las cosas que hemos escalado. No podemos olvidar nuestros orígenes. Además, me gustan mucho; no solo por su fisonomía, también por sus historias.
Terminas tus memorias con un capítulo dedicado a la reflexión.
Son cosas que he visto en mi andadura que me han llamado la atención; son momentos vividos en las montañas. Sí, son reflexiones, pero que no van más allá.
«No te detengas, camina…». Seguirás igual, ¿no? Por lo tanto nos vemos en marzo escalando en Peña Rueba.
No lo dudes. Yo nunca he dejado la montaña y la escalada, y no las dejaré.

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