2018/01/13

La violencia salvaje en el país de los justicieros
Mikel INSAUSTI
0113_anuncios

Lo de la mirada extranjera hace tiempo que pasó a la historia, porque las distancias culturales van cayendo a gran velocidad en la era del audiovisual. La prueba está en que los cineastas europeos no tienen mayor problema para americanizarse hasta comprender mejor la realidad de los EEUU que sus propios habitantes, y además para ahondar en ese pozo sin fondo cuentan con los clásicos de filmoteca que ya retrataron ese paisanaje que no cambia en el medio rural, donde el reloj parece haberse detenido a favor de los intereses inmovilistas de Trump, en cuanto recolector de votos en el profundo Medio Oeste.

Ebbing (Missouri) representa un estado mental, porque en realidad la película se rodó en Asheville (Carolina del Norte), una vivencia paranoica que tiene que ver con el individualismo a ultranza norteamericano educado en la violencia. Términos dentro de los que la figura del justiciero emerge como una prolongación del pistolerismo del Salvaje Oeste, y de ahí la inteligente y oportuna recuperación del “neowestern” como género cinematográfico ideal para representar el desolado y desértico contexto sobrevenido con la crisis. Fue el gran acierto del escocés David Mackenzie con “Comanchería” (2016), y que el irlandés Martin McDonagh hace suyo ahora con “Tres anuncios en las afueras”.

El mayor de los hermanos McDonagh es el viajero, mientras que John Michael prefiere quedarse en casa, y su salida al mundo le ha permitido explorar escenarios y personajes hasta encontrar un lenguaje propio. Tanto es así, que ni la presencia de Frances McDormand obliga a pensar en el cine de los Coen, pues antes están las referencias fordianas. Y es que cada diálogo, cada situación, se llenan de un contenido moral que invita a la reflexión, no digamos ya al abandonar la sala tras ese final abierto. No es cuestión de querer más o menos a una hija, sino de tener que velar su cadáver durante casi un año.