Mikel INSAUSTI
CRÍTICA «Loving Vincent»

Cuando una obra pertenece a su autor por entero

Ha aquí un largometraje que llama la atención por su original resolución formal, pero que encierra mucho más tras su laboriosa producción a propósito de las vertientes claves en torno al misterio Van Gogh, que son la artística y la personal. De la primera impacta el hecho de que el genial pintor holandés no vendiera sus cuadros en vida, dándose la circunstancia atroz de que solamente se deshizo de uno en última instancia. Es difícil encontrar por lo tanto un artista al que su obra le pertenezca por entero con más derecho. Y con sus relaciones personales sucede más de lo mismo, porque únicamente tuvo confianza y trato con su hermano Theo, a través de la comunicación epistolar. Era el destinatario de la mayoría de sus cartas, y en la última que le escribió se basa precisamente “Loving Vincent”.

Más allá de las especulaciones históricas sobre la muerte de Van Gogh en Auvers-sur-Oise, algunas de las cuales rebaten la versión oficial del suicidio, en “Loving Vincent” se plantea el desenlace vital del artista como una puerta que abrir para adentrarse en las claves de su existencia, por demás compleja a nada que se profundice en las crisis depresivas que sufrió. De ahí proviene la etiqueta de “incomprendido”, y si la pintora y cineasta Dorota Kobiela no puede ayudar a desentrañarla, sí que consigue un plena identificación creativa. En su próximo proyecto pretende hacer otro tanto pero con Goya.

La técnica que emplea Kobiela le debe mucho a Ralph Bakshi y su “rotoscopio”, algo comprobable gracias a la inminente reposición en salas de cine de su obra pionera “El señor de los anillos” (1978). Claro que ella la aplica con fines diferentes, al rodar con actores para dotar de alma a las figuras de los cuadros, toda vez que los 125 artistas reprodujeron al óleo las escenas filmadas con tal de devolver a esas pinturas los trazos del maestro, surgidos de unas pulsiones internas intransferibles.