Iratxe FRESNEDA
Docente e investigadora audiovisual

Letras que viajan en el tiempo

El ser humano, en esencia, es ambiguo, como ambiguo e inmortal es Orlando, el personaje que Virginia Woolf construyó en homenajea a su amada amante. Como ella, como la propia escritora que esta semana cumpliría 136 años, Orlando bucea en los misterios de la vida, el arte y la pasión. Como todas, vamos. Basándose en la novela de la escritora inglesa, Sally Potter realizó una reseñable película en la que una inolvidable Tilda Swinton nos llevaba de la mano por el extraordinario viaje de la «identidad» a través de los tiempos, por eso que venimos denominando «género». Ese concepto dualista y excluyente que divide el mundo en dos y nos deja pocas alternativas para construir identidades libres de corsés. El personaje de Orlando vive al margen de los confines del género, se transforma y, a veces, habita en cuerpos de mujer para hacernos testigos de la violencia que padece provocada por la estulticia que le rodea. En una secuencia de la cinta, el personaje del ficticio poeta inglés Pope afirma: «El intelecto es un lugar solitario y por lo tanto un terreno bastante inapropiado para las mujeres, quienes deben descubrir sus naturalezas a través de la guía de un padre o marido». La vida supera a la ficción y frases así están en boca de más de dos iluminados. No hay nada tan vigorizante (me encanta este palabro tan anticuado) como un libro, y hay pocas escritoras tan estimulantes como Virginia Woolf. Sus textos siguen siendo leídos, sus palabras siguen llevándonos de viaje. “La señora Dalloway” (1925), “Al faro” (1927), “Orlando: una biografía” (1928) o “Las olas” (1931) son tan solo algunos de los regalos que nos dejó. Gracias por haber existido, Virginia.