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Una nueva masacre talibán vuelve a teñir de sangre la capital afgana

Un atentado con una ambulancia bomba, reivindicada por los talibanes, volvió a provocar ayer un baño de sangre en Kabul al causar cerca de un centenar de muertos en pleno incremento de la violencia. El ataque se produjo unos días después del asalto talibán al Hotel Intercontinental y del atentado del ISIS contra la sede de Save the Children.

«Es una masacre», reaccionó en Twitter Dejan Panic, coordinador de Emergency, en un mensaje acompañado con fotografías en las que se ven víctimas en los pasillos, en el patio y sobre el césped del hospital administrado por esta ONG italiana, que se encontraba totalmente desbordado, igual que el hospital Jamuriat. El atentado suicida con una ambulancia bomba a hora punta en Kabul dejó ayer al menos 95 muertos y 158 heridos y sembró pánico y terror en una zona muy concurrida de la capital afgana rodeada de escuelas, comercios y mercados. Muchas víctimas son niños y su número puede incrementarse dado el estado crítico de muchos heridos.

El atentado fue reivindicado por el portavoz de los talibanes Zabihullah Mujahid en WhatsApp: «Un mártir hizo estallar su coche bomba cerca del Ministerio de Interior donde había numerosas fuerzas policiales».

El Gobierno sospecha de la red Haqqani.

El kamikaze utilizó una ambulancia para pasar los controles hacia el Ministerio de Interior y el Alto Consejo de la Paz, diciendo que transportaba a un paciente al hospital Jamuriat. Antes de llegar al segundo control, fue detectado por la Policía y se inmoló.

La explosión se produjo en la céntrica plaza Sadarat delante de uno de los retenes que protegen la entrada a una avenida del barrio diplomático por la que se accede al Ministerio del Interior, la sede de la Policía, la delegación de la Unión Europea y el Alto Consejo de Paz, encargado de las negociaciones con los talibanes –ahora bloqueadas– que se cree que era el principal blanco.

La detonación de la ambulancia cargada de explosivos fue de tal potencia que sacudió la capital, incluidos los barrios ubicados a cientos de metros.

El nivel de alerta en Kabul es alto, sobre todo en el centro y en el barrio de las embajadas e instituciones extranjeras, pero eso no evita los atentados contra la frágil seguridad de una ciudad que está acostumbrándose a ser objetivo insurgente y donde los civiles se han ido convirtiendo en el blanco habitual en pleno incremento de la violencia.

El ataque ha vuelto a dejar conmocionado Kabul, una ciudad que hace ocho meses vio cómo un camión lleno de explosivos mataba a 150 civiles, un hecho que ningún grupo insurgente se atrevió a reivindicar, pero que el Gobierno atribuyó a los talibanes.

El pasado fin de semana más de veinte personas murieron en el asalto al Hotel Intercontinental perpetrado por seis talibanes que se enfrentaron a las fuerzas de seguridad durante doce horas hasta que fueron abatidos.

También el yihadista Estado Islámico ha colocado a los civiles en su punto de mira. El miércoles un ataque contra la sede de Save the Children en Jalalabad causó la muerte de cuatro empleados de la ONG, un transeúnte y un policía, así como de sus cinco autores.

«Crimen de guerra»

«Es demencial, inhumano, cruel y un crimen de guerra», afirmó en Twitter el jefe del Ejecutivo afgano, Abdullah Abdullah, quien volvía a instar a la comunidad internacional a tomar acciones contra el «terrorismo respaldado por el Estado», en alusión a Pakistán, al que su Gobierno acusa de amparar en su territorio a grupos talibanes.

El Comité Internacional de la Cruz Roja denunció el uso de una ambulancia, un hecho que consideró «horroroso» y dijo que «podría considerarse perfidia según el Derecho Internacional Humanitario. Inaceptable e injustificable».

También para la ONU calificó el atentado de «una grave violación del Derecho Internacional Humanitario». «Los ataques indiscriminados contra civiles son una grave violación de los Derechos Humanos y del Derecho Internacional Humanitario. Nunca pueden estar justificados», señaló su secretario general, António Guterres.