2018/02/01

PABLO LAPORTE
ESCRITOR

El escritor iruindarra acaba de publicar en Pamiela «Cuatro estaciones en un día», una novela en la que cuenta su viaje durante ocho meses por Australia.

«Eres realmente libre cuando no tienes nada»
Patxi IRURZUN|IRUÑEA
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Este es el punto de partida: Pablo Laporte hizo un viaje, después lo contó en un libro y después ese libro tuvo su propio viaje. Todo empezó en 2008, cuando con 23 años el escritor pamplonés pasó en Australia ocho meses, en los que básicamente se dedicó a pasear, fumar marihuana junto a otros mochileros y backpapers, tomar café y pensar, pensar mucho y la mayor parte del tiempo en Pauline, su primer amor, a quien reencontró casualmente (o no) allí, al otro lado del mundo. También tuvo algún pequeño trabajo (como cobaya humana o como timador, vendiendo cuadros) y también escribió sus peripecias, sobre el terreno, hasta que se dio cuenta de que entonces la aventura no había que escribirla sino vivirla. Al regresar a Iruñea se puso de nuevo manos al teclado, hizo una primera versión, después otra en la que rellenó los huecos de la primera, y finalmente otra cuando se dio cuenta de que los huecos le gustaban más que todo lo anterior. Esta tercera versión es la que presentó a los Encuentros de Navarra en 2011, y con la que ganó este premio literario. Un premio que no fue más allá, no sirvió para abrirle las puertas de ninguna editorial. El libro pasó algunos años en el cajón, hasta que tras tomar parte de la antología “24 relatos navarros” de Pamiela, ofreció su novela a esta editorial, quien finalmente acaba de publicarla bajo el título “Cuatro estaciones en un día”. Fin (de momento) del viaje.

Reencontrarse consigo mismo, tras este viaje, primero a Australia, hace diez años y después como escritor, hace ocho, habrá sido extraño.

Fue raro, sí, porque como para mí había sido algo decepcionante el trabajo que dediqué al libro para nada, no lo había vuelto a leer, en cinco o seis años, y al volver a abrirlo me encontré con una voz muy joven, con sus certezas y errores, y aunque tuve tentaciones de ponerme a retocar, me di cuenta de que, más allá de las erratas, debía respetar aquella voz.

«Cuatro estaciones en un día» es sobre todo una oda a la juventud.

Sí, yo ya era consciente entonces de que la juventud dura poco, y quería hacer aquel viaje como un homenaje a ella (por decirlo de alguna manera superficial: sexo-drogas-rocanrol; o de una manera algo más profunda: libertad-levedad-falta de ataduras), y eso es lo que el personaje va buscando durante todo el viaje. El protagonista llega a Australia con los prejuicios y aspiraciones de un joven típico pamplonés –tener una cuadrilla, un trabajo, una casa–, y poco a poco se va despojando de todo eso y celebrando ese desprendimiento, el hecho de no tener nada, ni siquiera pasaporte.

Sin embargo usted dice en el libro que la libertad exige también la responsabilidad de no desperdiciarla.

La libertad es en cierto modo una putada, algo que la gente rehúye, porque cuando eres realmente libre es cuando no tienes nada ni nadie, ninguna responsabilidad, y te quedan 24 horas de absoluta nada, que es básicamente lo que yo hice durante este viaje, pasear, tomar cafés, fumar marihuana y pensar, pensar muchísimo. Algo que luego mucha gente me ha criticado. Nadie entendía que eso es algo que creo que hay que hacer al menos una vez en la vida, pararse, reflexionar, pensar qué quieres hacer, e incluso experimentar sensaciones como esa misma de extrañeza con uno mismo por no estar haciendo nada, cosas que para mí tienen cierto valor. En otros países existe esa cultura, del viaje de juventud, entre nosotros prevalece más esa cultura de que si no es con un fin práctico las cosas no tienen sentido, y yo en el libro reivindico en cierto modo lo contrario.

Habla de un personaje, aunque en realidad es un libro autobiográfico…

Sí, pero hay un personaje, porque de mí mismo solo cogí una parte, y ese personaje es un poco desastroso, un romántico empedernido, que era lo que literariamente más me convenía, porque en realidad yo también tenía mis rumias, sobre mi futuro, el trabajo, y en realidad aquella bohemia, aquella libertad me agobiaba un poco… Por lo demás, el personaje cuando llega a Australia es una especie de bebé, un chavalín que no sabe muy bien por qué se ha ido tan lejos, al otro lado del mundo, casi solo para demostrarse a sí mismo que era capaz de hacerlo, pero que una vez allí se tiene que poner las pilas, adaptarse y tratar de demostrarse que ese viaje tiene un sentido, más allá de encontrar un trabajo o aprender inglés, y en ese sentido el viaje tiene algo de busca, a la que al final acaba dando sentido la aparición de su amor de adolescencia, Pauline.

A muchos otros personajes secundarios –mochileros, estudiantes que no aparecen por la academia…– que usted va encontrando por el camino les pasa lo mismo.

Sí, pero es un poco lo mismo que antes: también me encontré mucha gente con un plan claro, pero esas personas no me interesaban para el libro, me quedé con aquellos con un punto más marginal o excéntrico, gente que huía o buscaba, sin saber qué, algo… Y creo que también de algún modo era a ellos, a esa gente, a la que yo iba buscando en el viaje, gente que desde mi vida más normalizada en Pamplona nunca iba a conocer.

El suyo es un libro de viajes, pero tiene más capas, hay picaresca (esos trabajillos que usted hace), a veces tiene cierto punto de la generación Kronen… Y está la historia de amor, con Pauline, por supuesto.

Sí, es un batiburrillo de todo eso, que no sé cómo lo he cuajado. En cuanto a la historia de Pauline, yo creo que es la trama principal del libro, sin ella seguramente este no hubiera existido. No se trata tanto el hecho de que me vaya a encontrar al otro lado del mundo a mi primer amor, que me parece una casualidad increíble, cósmica, algo que a día de hoy todavía me sigue perturbando, como el que, una vez allí, todo el viaje, todos mis pasos, vayan girando alrededor de Pauline, lo que da también explicación, en aquel momento, al por qué de aquel viaje. Luego, cuando veo que todo no va a ser tan fácil, llega la frustración, pero ahora comprendo que incluso aquellas calabazas que ella me dio tenían también sentido, que el sentido de aquel viaje no era Pauline en sí, sino poder escribir mi historia con ella, escribir el libro. De hecho no he vuelto a saber nada de Pauline, aunque ahora creo que quizás tengo la obligación de contarle que he escrito una novela en la que su nombre aparece 157 veces.

En ese sentido se puede decir que cierra una etapa.

Sí, totalmente. A Pauline la conocí en marzo de 1998, en un intercambio con alumnos franceses. La volví a encontrar en Australia en marzo de 2008 y este libro ha salido ahora, pocos días antes de marzo de 2018. Por lo demás, lo otro, lo que no he contado, es una nebulosa, gente, lugares, que he olvidado o voy olvidando y lo que queda ahora para mí de aquel viaje es lo que he escrito.

PAULINE


«No he vuelto a saber nada de Pauline, aunque quizás tengo la obligación de contarle que he escrito una novela en la que su nombre aparece 157 veces»

VIAJE


«Lo otro, lo que no he contado, es una nebulosa, gente, lugares, que he olvidado o voy olvidando y lo que queda ahora para mí de aquel viaje es lo que he escrito»