2018/02/09

Ramón SOLA
Política de tierra quemada

Por «política de tierra quemada» se alude a «aquella táctica militar que consiste en destruir absolutamente todo lo que pueda ser de utilidad al enemigo cuando una fuerza avanza a través de un territorio o se retira de él». Un matiz importante: el trabajo que están haciendo las instituciones del cambio por las víctimas –las de ETA y también las del Estado– no es en utilidad propia, sino de toda la ciudadanía navarra y sobre todo sus nuevas generaciones. De 2015 a ahora, en pocos ámbitos habrán invertido más energía personal Uxue Barkos y su consejera Ana Ollo, omnipresentes en todo tipo de actos de memoria. También el alcalde de Iruñea, Joseba Asiron, ha ido mucho más allá de lo que dictaba el manual de la corrección política, al convertir el mandato parlamentario de colocar placas por las víctimas de ETA en una oportunidad para hablar con ellas, en un ejercicio de reconciliación real.

Tras buscar munición contra el cambio en las banderas o el euskara (estéril intento, la mayoría social siempre preferirá ampliar derechos a recortarlos), UPN cree haber encontrado un filón en la delicada cuestión de las víctimas de ETA, aun a costa de enfrentarlas entre ellas. Tierra quemada pura y dura. Quizás piense con ello que avanza hacia la reconquista del territorio, pero lo que en realidad está haciendo es retirarse de él, achicharrado en su propia piromanía.