2018/02/14

Carlos GIL
Analista cultural
Con una flor

El olor del amor se condensa en una flor sin resquemor. La historia universal está atravesada por muchas flechas de todos los cupidos que en sus diversidades culturales intentan vehiculizar el sentimiento amoroso como una pulsión que supere prohibiciones y tabúes. Ponen a sus dioses como máxima expresión del amor. O lo convierten en un equivalente con intención placeba. Es para aliviar el sentimiento de culpa que puede devengar el onanismo.

La pregunta recurrente que se establece ante esta situación es consecuencia de una división interesada de los conceptos básicos. ¿De qué habla la literatura, el teatro, la danza, la música, el cine, o las artes plásticas? Cuando contestamos con los automatismos propios de la inmediatez, decimos siempre amor, muerte, poder, guerra. Aunque nos repitamos, fijamos un campo minorizado, pero suficiente para la ambigüedad generalizadora que alimenta la opacidad discursiva.

Así que los grandes almacenes, los criadores de flores industriales, los poetas de salón de estar y las agentes literarias encuentran en ese santo esquivo un motivo para mandar unos cuantos correos electrónicos con contenidos románticos de tercera generación con el único fin de perpetuar la virtualidad de la inopia, como rima para cornucopia. Los actos reflejos se definen mejor con verbos de la primera conjugación, que a su vez son bastante mejor para musicar. Pese a lo divertido y erótico que puede resultar comer con amor un alfajor con coliflor en todo su esplendor.