Jaime IGLESIAS
MADRID
Elkarrizketa
ROBERT GUÉDIGUIAN
CINEASTA

«Conservar la alegría de vivir es un gesto de rebeldía maravilloso»

Nacido en Marsella en 1953, Robert Guédiguian es de esos directores que no necesitan presentación, sus películas hablan por él. Dueño de una filmografía donde el compromiso militante y las relaciones de solidaridad entre individuos están en el centro del relato, acaba de estrenar «La casa junto al mar» donde vuelve a convocar a sus actores habituales: Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan.

Ver una película de Guédiguian es como volver de visita a la vieja casa familiar: una oportunidad para el reencuentro con nuestros seres más queridos y para confrontarnos con el lugar en el que la vida nos ha puesto a cada uno. Consciente del efecto que producen sus largometrajes en sus espectadores más fieles, el cineasta francés ha decidido hacer de ese conflicto la razón de ser de “La casa junto al mar”, un film en el que se rebela contra la idea de resignarse ante el paso del tiempo.

En esta película vuelve a unos personajes y a unos escenarios recurrentes en su filmografía para hablar sobre la necesidad de reactivar unos ideales por los que luchar. ¿Diría que se trata de un film nostálgico?

Sí, pero es una película que habla de la nostalgia en un sentido amplio, no solo para preguntarse qué queda de las utopías que defendíamos cuando éramos jóvenes. La inspiración para este guion la encontré en “El jardín de los cerezos” de Chejov. Hay una frase al final de la obra donde alguien dice ‘el tiempo ha pasado y es como si no hubiera vivido’. Recuerdo el impacto que me produjo esa reflexión la primera vez que la leí, de repente, fui consciente de lo efímero que resulta el hecho de vivir. En este sentido, “La casa junto al mar” es mi jardín de los cerezos particular, una película donde sus personajes se interrogan, llegados a una edad, acerca de lo que han conservado y perdido de sus sueños de juventud y también acerca de su legado. ¿Qué es aquello que nos sobrevivirá? ¿nuestros hijos, nuestras obras, nuestras ideas? En ese sentido sí que es un film nostálgico, pero asumiendo la nostalgia como un valor universal.

A la hora de gestionar su propio legado sus personajes se muestran confusos, no sé si debido, en parte, a que las causas por las que ellos lucharon en su juventud hoy en día apenas suscitan adhesiones, lo cual les hace sentirse como excluidos.

Bueno, yo creo que son personajes que se enfrentan a un conflicto muy claro: cómo seguir los principios éticos que les inculcaron sus mayores en una sociedad, como la actual, que no tiene nada que ver con aquella en la que fueron educados. Ellos crecieron asumiendo que uno no puede ser feliz si todos aquellos que le rodean son desdichados, que no es posible vivir únicamente para uno mismo sino que hay que vivir también para los demás. El reto está en encontrar escenarios propicios para el fortalecimiento de esos lazos de solidaridad, por eso me parecía útil apelar a la tragedia de los refugiados y dejar abierta así una puerta a la esperanza. El contacto con esos tres niños que huyen de la guerra, permitirá a los protagonistas de la película salir de ese estado de ánimo un poco depresivo en el que se encuentran y volver a poner en marcha aquellos principios que les enseñaron de pequeños.

Ya que habla de esperanza, en este sentido resulta revelador el personaje del joven pescador, cuyo sentido de la ética e ideales le hacen estar en plena sintonía con los protagonistas del filme.

Yo creo que hay gente joven muy comprometida. El problema es que, en sus aspiraciones de adaptarse a la realidad que les rodea, en sus exigencias de no verse excluidos, suelen alejarse progresivamente de aquellos principios que defienden. Como le dice el personaje de Jean-Pierre Dorroussin a su novia: ‘Me parece que tienes el corazón a la izquierda pero el cerebro a la derecha’. Dicho lo cual, no me interesaba plantear esta historia en términos de conflicto generacional, entre otras cosas porque también hay mucha gente joven que no se deja arrastrar por los imperativos sociales, por eso me parecía importante desarrollar un personaje como el del joven pescador que lucha por mantener el vínculo con sus raíces desde una perspectiva ecologista, heredando el oficio de su padre, que es una profesión artesanal; invirtiendo su tiempo libre en actividades que redundan en beneficio de la comunidad, como el teatro amateur, y, sobre todo, conservando la alegría de vivir, que me parece un gesto de rebeldía maravilloso.

De hecho, cuando a menudo nos preguntamos en qué momento abandonamos nuestros ideales de juventud, quizá la pregunta correcta que deberíamos hacernos es ¿cuándo perdimos la alegría de vivir?

Sí y yo creo que es algo que empezó a darse durante los años 80, cuando el desarrollo del neoliberalismo económico trajo consigo la implantación de un pensamiento individualista que arrasó con las relaciones de solidaridad que antes nos unían y nos acercaban. Hoy en día los jóvenes viven excesivamente preocupados por su futuro, todo su pensamiento va dirigido a diseñar un proyecto de vida a largo plazo: tienden a racionalizar dónde van a residir, en qué van a trabajar, qué tipo de carrera profesional quieren desarrollar, cuántos hijos están dispuestos a tener... No hay espontaneidad alguna en sus acciones y, como tal, resulta muy difícil que fluya en ellos un sentimiento como la alegría de vivir. Yo creo que antes no vivíamos tan angustiados. De hecho, cuando yo tenía veinte años no me preocupé ni por un minuto en pensar cómo sería a los sesenta. Por ejemplo, cuando rodé mi primera película, la hice por el placer de hacerla, sin pensar en mi trayectoria futura. Eso es algo que no ocurre entre los jóvenes directores, la mayoría tienen una estrategia de carrera muy definida.

En «La casa junto al mar» vuelve a servirse de un recurso que ya había utilizado en films precedentes como es el de introducir escenas de alguna de sus primeras películas.

Es verdad que no es la primera vez que introduzco escenas de alguna de mis viejas películas a modo de flashback con la idea de confrontar a mis personajes con su pasado, pero nunca antes lo había hecho de manera tan consciente como aquí. Me interesaba constatar cómo esas tres personas a las que, en “La casa junto al mar”, vemos tan desorientadas y tristes, pasearon su alegría por los mismos escenarios por los que ahora arrastran su melancolía. Por eso decidí rescatar esa escena de “Ki lo sa?” en la que Ariane Ascaride, Gérard Meylan y Jean-Pierre Darrousin aparecen en la misma cala jugando despreocupados, como si fuesen niños, tirándose al agua y escuchando a Dylan. No dudé que el efecto de traer esas imágenes del pasado al presente sería conmovedor.

Supongo que eso es algo que puede permitirse al haber sabido mantener, a lo largo de todo este tiempo, una relación de complicidad con un grupo estable de actores. ¿Cómo definiría el vínculo que tiene con ellos?

A veces tengo la sensación de que las películas que hago podían haber sido escritas directamente por ellos. Pero bueno, supongo que formamos una especie de pandilla de malhechores en la que cada cual tiene su ámbito de especialización. Del mismo modo que, en las bandas criminales, uno se ocupa de estudiar el terreno, otro de conseguir las armas, otro es especialista en cajas fuertes y un cuarto conduce el vehículo, cuando ruedo una película con ellos cada uno de nosotros tiene unas funciones determinadas (risas). Así y todo, a veces suelo incorporar a alguien nuevo a la banda.

El caso es que mantener un equipo asiduo de colaboradores, en su caso, se ha traducido en tener, también, un público muy fiel.

Sí, hay muchos espectadores que acuden a ver mis películas con la misma ilusión con la que uno va a ver a un familiar del que hace tiempo que no tiene noticias y con quien le apetece encontrarse, en parte también por averiguar qué aspecto tendrá después de un tiempo sin saber de él. ¿Le habrán salido canas? ¿habrá engordado? (risas). Bromas al margen, lo que sí noto es un vínculo emocional muy fuerte entre el público que va a ver mis películas y mis personajes. Entre ellos se establece una afinidad política, moral e intelectual muy potente. Muchos de nuestros espectadores tienen mi edad y encuentran en los protagonistas de mis películas una proyección de sus propias convicciones, de sus dudas y de sus miedos, algo que a mí, como director, me resulta conmovedor.

¿Hasta qué punto le condicionan esas muestras de afecto a la hora de desarrollar nuevos proyectos?

Bueno, por una parte me siento interpelado a devolverlas, pero por otra tampoco puedo permitir que las demandas del público me conduzcan invariablemente hacia un tipo de narración muy concreto. Soy consciente de que a muchos de mis espectadores les choca mucho cuando hago películas que colocan a mis actores habituales en otros desempeños. Por ejemplo, cuando hice “Lady Jane” muchos no se explicaban qué hacía Ariane robando: ‘¿Por qué podría hacer ella algo así?’, me regañó una señora, muy preocupada ante la imposibilidad de reconocerse en el personaje de Ariane (risas).