2018/04/24

La imposibilidad del cine

Mientras escribo estas líneas, mi ciudad, Barcelona, se ha convertido en una marabunta de enamorados, ávidos todos ellos (y ellas) de rosas y libros. Es Sant Jordi, enésimo campo de batalla para políticos mediocres, pero también apasionante espacio común para los amantes de la literatura.

Así las cosas, y por aquello de sentirse especial, me encierro en una sala de cine. Ahí se celebra el pase de prensa de “Rebelde entre el centeno”, correcto pero insípido biopic dedicado al mítico escritor J.D. Salinger. Un olvidable ejercicio de confrontación cinematográfica y literaria que, en última instancia, y a malas, nos recuerda que hay historias o personajes (véase Holden Caulfield) a los que no se puede sacar de su hábitat natural...

Hasta que Filmin se reivindica, una vez más, como la plataforma de VOD más reivindicable de todas. Y es que para esta fecha tan especial, luce en la portada de su web el reclamo irresistible de «Adaptaciones imposibles». Una potente selección de películas que parten de un punto supuestamente imposible. Esto es, un material de base (literario, se entiende) de naturaleza no-transferible a otros formatos.

Una serie de relatos escritos que escapan (siempre en teoría) a la tan repetida proporción de imágenes y palabras. El resultado habitual de «mil a uno» se invierte en muchas de esas novelas... Hasta que, de nuevo, giran las tornas.

En “Enemy”, por ejemplo, Denis Villeneuve se confirmó como uno de los mayores cineastas de nuestros tiempos. Lo hizo adaptando la mega-densidad de José Saramago y “El hombre duplicado”. Un angustioso cuento sobre la (pérdida-de) identidad en tiempos modernos. Ahí donde el escritor portugués tiraba de monólogo omnisciente (y ya puestos, omnipotente), el director quebequés opta por otra avalancha: la de unas imágenes con alta carga alegórica, saldándose así el conjunto en una inquietante y, sobre todo, sugerente sinfonía visual. En un recordatorio –deliciosamente– venenoso de que a veces, para llegar a las cimas conquistadas por otros, hay que servirse de otros instrumentos.

Moraleja que se repite, de aquella manera, en la muy estimulante “El congreso”, de Ari Folman. Esta cinta de 2013 parece ganar en vigencia a cada año que pasa. La historia original escrita por Stanislaw Lem se transforma aquí en un choque que solo podía ofrecer el séptimo arte.

Imágenes reales y animadas van de la mano en esta visión filo-distópica de un futuro en el que el ser humano ha perdido los derechos (y de paso, el control) sobre su propio aspecto. El realizador nacido en Tel Aviv lleva su filia «cartoonish» a cotas insanas para hablarnos de un mundo igualmente enfermo, que ha convertido la virtualidad en irrealidad. De repente, Robin Wright Penn se convierte en un reflejo desquiciado de ella misma; en un dibujo animado que activa un escalofrío prácticamente letal. Del mismo modo, las páginas del libro de Stanislaw Lem mutan en fotogramas digitales destinados a engrandecer el VOD, ese «cine imposible».